Nos costó mucho llegar a la democracia: no hay que desperdiciar el esfuerzo

Cuando hacemos una revisión aclaratoria, que no tiene que ser profunda pues habla de inmediato por sí misma, sobre nuestra experiencia política en el tiempo, lo primero que salta a la vista es lo dificultoso que ha sido el proceso nacional al respecto.
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Y ha sido dificultosa no porque tuviera que serlo por propia naturaleza, sino porque los salvadoreños no hicimos oportunamente las tareas modeladoras y remodeladoras que la realidad nos ponía enfrente. Por ejemplo: cuando nos constituimos como nación independiente, en vez de optar por el equilibrio de poderes en clave democrática, dejamos que el caudillismo artificioso tomara impulso hasta convertirse en autoritarismo institucionalizado. Tal distorsión avanzó desde los años tempranos del siglo XIX hasta los años tardíos del siglo XX. Desperdicio irrazonable de consecuencias extremas.

Persistir en el esquema de la división interna llevó a la sociedad salvadoreña a la máxima fracturación posible: la contienda bélica fratricida, que desde mucho antes de desplegarse en el terreno se volvió inevitable, porque no era una guerra política, como sus actores principales querían hacer creer y de seguro hasta se lo creían, sino la culminación de un proceso de desintegración nacional llevada al límite. Por fortuna, la historia misma fue poniendo las piezas en su puesto: hizo colapsar al régimen autoritario formal, dejando sólo la opción democrática en pie, y desató el conflicto bélico en el terreno al mismo tiempo. La guerra no pudo desenlazarse como esperaba: con el triunfo militar de alguno de los contendientes, lo que posibilitó que se abriera una nueva época fundamentalmente propulsora de la democratización nacional.

Aquí estamos, en eso. Aprender democracia es difícil, porque implica reconocer límites, identificar responsabilidades, asumir tareas reconstructivas y animarse a convivir sin restricciones. Y practicar democracia lo es aún más, porque significa hacerles honor cotidiano a los requerimientos antes mencionados. La democracia, exige, pues, no sólo voluntad puesta a prueba cada día, sino compromiso de hacer valer dicha voluntad en los términos que la realidad exige. Y de todas las tareas comprendidas en el término “aprender democracia” de seguro la más desafiante es la que se refiere a reconocer límites. El autoritarismo es experto en desconocer límites en lo que al ejercicio del poder se refiere, y a consecuencia de ello la reiterada práctica autoritaria, que queda luego como reflejo condicionado pertinaz, se vuelve una retranca del aprendizaje democratizador.

El flujo y reflujo de neuras políticas que padecemos es producto directo de no haber asimilado de manera suficiente y constante la lógica democrática básica. Hay que tomar conciencia de ello para poder salir de muchos de los laberintos artificiales que dificultan el tránsito por los espacios de la política nacional. Las fuerzas partidarias tendrían que someterse, por propia iniciativa, a un autoexamen de actitudes y conductas, a fin de poder asimilar la naturalidad del ejercicio democratizador. Porque de eso se trata: de tomar la democracia con naturalidad creciente, a fin de no continuar malgastando energías y desperdiciando oportunidades en los forcejeos inútiles y en las disputas irrelevantes. ¿Cuánto más habrá que esperar para que los comportamientos institucionales respondan con inteligencia y cordura a lo que debe ser?

En lo que a evolución de la conducta política se refiere, la ciudadanía va mucho más avanzada que los liderazgos establecidos, lo cual no es congruente con el rol que a cada quien le corresponde; pero, en todo caso, hay que agradecerle a la suerte que el sentir y el pensar ciudadanos estén a la vanguardia, porque peor sería que en el escenario social se estuviera replicando la guerra política. La sociedad civil va soltando voces cada vez más exigentes y demandantes hacia la llamada clase política. Ésta no puede dejar de oír esas voces, porque los mecanismos de sordera selectiva se le vuelven crecientemente inmanejables. De seguro en el futuro inmediato veremos crecer dicho fenómeno, y es de esperar que los efectos correctivos en la conducta de los diversos actores tampoco se dilaten. La ventaja principal es que la democracia tiene entre nosotros mejor salud cada día.

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