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Nos hallamos en un momento histórico muy peculiar, que nos convoca a todos a que tomemos conciencia de lo que somos y de lo que podemos

Hay que insistir de modo vehemente en pasar del descuido a la toma de conciencia sin ninguna alternativa posible.

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David Escobar Galindo

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Estamos en 2020, cifra cronológica emblemática que hace brotar augurios. Y lo primero es hacer cuentas precisas sobre lo que llevamos recorrido. Veamos: en 1980, hace justamente 40 años, dio comienzo, casi por estos días, el conflicto bélico nacional en el terreno. Nadie en verdad anticipó que eso ocurriría, y más bien las voces que negaban dicha posibilidad eran las que se oían con más intensidad. Aquel acontecimiento, como lo hemos señalado tantas veces, no surgió de la nada, sino que fue construyéndose en el curso del tiempo. Parece una paradoja inverosímil hablar de "construir una guerra", pero es que en verdad todo es así: cuanto pasa es siempre efecto de lo que viene pasando, tanto en lo positivo como en lo negativo. No lo advertimos así cuando se tuvo que hacer, y eso abrió un abanico de tremendas incertidumbres.

En un cierto momento se hizo necesario empezar a "construir la paz", ya que la guerra fue entrando progresivamente en un callejón sin salida por la vía armada. Eso tampoco se reconoció de manera explícita por ninguno de los bandos que estaban en contienda, y quien sigilosa pero muy expresivamente lo fue reconociendo en el transcurso de aquellos años fue la ciudadanía, que de manera sucesiva fue apartándose del fenómeno bélico, sin cesar de sufrir sus consecuencias, pero dejando cada vez más solos a los contendientes, obsesionados por el choque frontal. Así llegó el proceso negociador del fin del conflicto, en un ambiente en el que prevalecían tozudamente las dudas sobre sus resultados. Pero la firma del Acuerdo de Paz se dio el 16 de enero de 1992, con lo cual pasamos a un nuevo capítulo de inéditas posibilidades históricas.

Tampoco reconocimos con la precisión debida lo que significaba aquel giro trascendental, y eso le abrió la puerta a un nuevo brote de incertidumbres, que se fueron graficando de inmediato en una conflictividad sin precedentes: la que venía con el arribo de la presencia avasalladora del crimen organizado. A lo largo de estos ya casi 30 años de que la guerra armada le diera paso a la expectativa real de la paz, ésta continúa siendo un borbollón de inseguridades en vez de cumplir su tarea propia: instaurar y desplegar en todos los terrenos nacionales un ejercicio de convivencia que en realidad forje presente y desarrolle futuro. Nos hallamos, pues, en las mismas de siempre, y enfrentados ahora a desafíos de la más alta intensidad y peligrosidad. Lo esperanzador de esta coyuntura es que ya no hay forma de mirar de reojo cuanto se está dando en los hechos.

La tendencia a ignorar lo que la realidad nos demanda en cada uno de sus momentos sucesivos no sólo nos ha provocado despistes de altísimo costo, sino que también nos ha expuesto a peligros de la más variada naturaleza. Los efectos de todo ello son acumulativos y crecientes, y eso es lo que hoy más cuesta sobrellevar y revertir, como se comprueba cotidianamente en todos los espacios y expresiones del quehacer nacional. Lo más curioso es que ni siquiera ante todas las evidencias que nos van saliendo al paso damos muestras correctivas inequívocas de aquello en lo que más fundamentalmente hemos fallado, que es la responsabilidad de reconocer lo que somos y la visión de asumir lo que podemos. Y entonces hay que insistir de modo vehemente en pasar del descuido a la toma de conciencia sin ninguna alternativa posible.

Quienes están en la primera línea de esa responsabilidad mencionada son los diversos actores nacionales con sus respectivos liderazgos a la cabeza. Todos tenemos que despertar a la conciencia de estar en un mundo del que todos formamos parte como nunca antes. La globalización ha abierto el mapamundi, y ese es un reto sin escapatoria ni disimulos. Cuando esto se entienda y se reconozca como debe ser se hará factible mover el progreso no como una máquina insensible sino como estructura humanizada.

El Salvador es un país con múltiples problemas no resueltos, y ni siquiera tratados, en el curso de su dificultosa trayectoria evolutiva. Esto ya casi tiene características de fatalidad, que requiere tratamientos cada vez más urgentes y heroicos. En ese sentido, lo que nos toca hacer es abrirnos a una creatividad que esté muy por encima de las comodidades tradicionales, que han demostrado hasta la saciedad ser perversas y contraproducentes.

Decidámonos, pues, a vernos en nuestro espejo natural, para hacernos por fin partícipes del juego de imágenes históricas que nos corresponden. Lo que somos y lo que podemos está plasmado ahí, haciéndonos señales para que le demos paso a nuestra identidad definitiva. Dejémonos ser para que logremos poder. Así de sencillo y así de trascendental.

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