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¡Nos hundimos!

Desde Puerto de La Unión salió un ferry cargado con vacas lecheras, cerdos de engorde, gallinas y cinco elefantes blancos.
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 La travesía cada día es más accidentada, vamos rumbo a las rocas. Seguramente nos estrellaremos. Volveremos, con la inagotable marcha de las olas, al pasado.

Hay que poner rumbo hacia la dirección correcta o nos hundimos. Van a bordo unos burócratas que se justifican con palabras bonitas, silogismos ideológicos y con la labia que subutiliza el sentido de las palabras y trivializa las cantidades absurdas de los gastos inmorales. Los mismos términos y excusas les sirven, sin importar el color, una vez que cada grupo está en el poder.

Desde el nido nos mira la clase política acostumbrada a los sobresaltos de las crisis de comunicaciones, propias de la noble labor. Acostumbrados también a los sobresueldos con el presupuesto de la Nación. Dormimos con su discurso lleno de eufemismos y metáforas.

Parece que estamos condenados al debate pobre. Nuestras conversaciones habituales no se elevan, parecen estériles y además, superficiales. Nuestro florido lenguaje literal y figurado que adorna las opiniones –y por lo tanto nuestras aspiraciones– se componen del realismo mágico propio de la república bananera, a la que no deberíamos volver.

Las decisiones son tomadas por los elefantes blancos. No sabemos cómo lo hacen, pero su peso se percibe. En este viaje, los partidos no son instrumentos de la democracia, más bien son herramientas para construir agendas para el capitán de turno. Así de reducida es nuestra aspiración, así de pequeña nuestra fuerza. Así de grande es este reto para cada salvadoreño.

Quienes arriman el hombro para que este barco se mantenga a flote es el salvadoreño común. No permitamos que nuestras manos sirvan solo para votar, que sirvan para aplaudir lo bueno pero también para cuestionar lo malo.

Tendemos a buscar culpables. Ni 20 años de la derecha, ni 7 años de la izquierda. La culpa es de nosotros los ciudadanos. Lo nuestro es un vicio de siempre: criticar y no actuar. Elegir y dejar hacer. Nuestro futuro no debe estar marcado por la división ni por los colores.

Hay un círculo vicioso producto de la poca crítica y la pobre propuesta. Nos hace falta un maestro a bordo. Uno que nos enseñe a ser jueces de nuestros actos, que nos rete a escarbar en nuestras intenciones, a perseverar en lo bueno y a cuestionar lo oscuro.

Hace falta un alumno responsable, pero también un maestro que enseñe bien. Este binomio es el motor del desarrollo. Las sociedades crecen en espíritu y materia si la sensatez, la educación y la innovación van de la mano.

Ser críticos nos va a posibilitar a develar las verdaderas intenciones de cada mesías, a leer entre líneas el plan de navegación. Posibilitará construir y exigir. Nuestra embarcación es pequeña para crecer en extensión lateral, debemos crecer con calidad hacia arriba, aprovechando lo poco pero valioso que tenemos.

Muchos de los que nos acompañaban decidieron saltar. Se lanzaron a nadar, en sentido figurado y literal. Desde el norte nos miran con el corazón dividido.

No vamos avanzando. Lo que se mueve es el agua bajo nuestros pies. 2018 y 2019 no van a significar nada si las preguntas del examen son las mismas.

Huele a ridiculez que en una pequeña tierra los muertos sean muchos. Cuidemos las flores que nacen en los invernaderos. No habrá manera de preservar lo que somos si las dejamos a su suerte. La nueva sabia es necesaria para humedecer el campo seco.

¡Nos hundimos! El agua sube a niveles nunca vistos. Pero hagamos el último intento. El sol saldrá y con él llegaremos a buen puerto.

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  • el pais que viene
  • generacion comprometida
  • puerto de la union

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