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Nos llueve sobre mojado

Como si no tuviéramos suficiente con la amenaza de deportación masiva de compatriotas y con los señalamientos contra un alto funcionario de estar comprometido en ilícitos internacionales; hoy, desde el mismo país, nos hacen la no sutil advertencia de que podría estar en riesgo FOMILENIO II, debido a que hemos fallado en el combate a la corrupción. No tengo ni la más remota idea sobre las razones que esgrimirá el gobierno ante este hecho bochornoso, pero seguramente mucha gente ya se siente indignada.

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Juan Héctor Vidal / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Hay que recordar que este segundo paquete de ayuda estuvo en riesgo y tardó más de lo previsto, por la actitud prepotente e irrespetuosa del expresidente Funes, principalmente frente al personaje que en el Congreso –el senador Leahy– tenía la llave para desembolsar los recursos. No fue sino con la administración del profesor Sánchez Cerén que se pudo acceder a esta cooperación, pero para decirlo en buen salvadoreño, el proyecto comenzó con los “pies hinchados”. Y aunque se sabe que tanto FOMILENIO II como la Alianza para la Prosperidad constituyen un trato especialmente deferente para El Salvador, no es descabellado pensar que la estridencia de los mensajes chuscos de algunos dirigentes del FMLN hacia el donante y sus vinculaciones con el régimen espurio de Maduro generen anticuerpos innecesarios en el Capitolio; cuando menos, pueden ponerse más celosos con toda la ayuda que recibimos de su país.

Pero más allá del cumplimiento o no de los compromisos que asumimos con los cooperantes para ser beneficiados con su ayuda y de la imagen internacional que proyectamos por aparecer entre los países más corruptos del mundo, lo más preocupante es la forma cómo los presuntos indiciados evaden la justicia o el cinismo que exhiben al momento de rendir cuentas, aun ante las exigencias del máximo tribunal de justicia. Esto resulta más preocupante cuando el partido gobernante los protege con nombramientos que les dota de impunidad, y más aún cuando los indiciados utilizan recursos estatales para proteger sus mismas fechorías.

Esto me lleva a reiterar una opinión que he vertido en varias oportunidades: el flagelo de la corrupción resulta más ominoso, porque se transmite por generación espontánea, utilizando una banda sin fin cada vez más ancha y gruesa. Consecuentemente, destruirlo significa no desmayar en el empeño de desterrar toda expresión de impunidad y de luchar contra ese maridaje perverso que existe en la clase política, causa y consecuencia de que ahora también se nos alerte, sobre el riesgo que corre el país de que se le suspenda una ayuda, por el comportamiento infame de unos pocos malhechores. Desafortunadamente, el sistema judicial también parece estar contaminado y la FGR atomizada; por eso muchos quisiéramos una especie de Cicig que nos auxilie.

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