Nos movemos en un mundo cada vez más abierto, y por eso hay que liberar el panorama de enclaustramientos viejos y nuevos

Las fronteras geográficas resultan hoy mucho más porosas que antes, y eso estimula migraciones e intercambios de toda índole. También el crimen organizado, que está en auge creciente y expansivo, se aprovecha astutamente de las circunstancias actuales, poniendo en máxima acción sus habilidades perversas.
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Si algo ha traído de nuevo el fenómeno globalizador que se extiende como lo que es por todas las direcciones del mapamundi es el impulso de remover fronteras, del tipo que éstas sean. Esto contrasta abiertamente con lo que pasaba en épocas anteriores, cuando lo ideal parecía ser el aislamiento absorbente erigido en título de identidad y, más aún, en fórmula autosuficiente de progreso y de prosperidad. En aquellos tiempos, los poderosos no sólo querían acumularlo todo sino también controlarlo todo. Así surgieron, se erigieron y se mantuvieron las llamadas superpotencias, que parecían los últimos baluartes de la historia. Eso se acabó, como por arte de magia o por efecto de malabarismo, aunque haya algunos –quizás muchos-- que no quieran reconocerlo de manera natural.

Las fronteras geográficas resultan hoy mucho más porosas que antes, y eso estimula migraciones e intercambios de toda índole. También el crimen organizado, que está en auge creciente y expansivo, se aprovecha astutamente de las circunstancias actuales, poniendo en máxima acción sus habilidades perversas. Como siempre, la realidad que se vive tiene significativos pros y peligrosos contras. De ahí que lo que no se deba ni se valga sea querer simplificar las cosas en forma irresponsable. Este es un momento histórico en el que hay más horizontes que nunca, pero a la vez hay también más candados disponibles, aunque los más de ellos sean obsoletos. Los fanatismos de toda índole están a la orden del día, como en una subasta permanente. Y eso tampoco tiene fronteras, pues se hace sentir hasta en las sociedades que tienen más experiencia modernizadora como es la de Estados Unidos.

Resulta realmente paradójico, pero a la vez muy propio de la volatilidad de la naturaleza humana siempre en movimiento, que hoy que tenemos de tantas maneras el mundo a la mano, para empezar en las comunicaciones virtuales que están a disposición de cualquiera y en cualquier parte, nos hallemos más atrapados que nunca en las viejas y desactivadas imágenes de una realidad dividida y repartida por artificios histórico-políticos y socioeconómicos. En el caso específico de las migraciones actuales, los prejuicios emergentes quisieran imponerse a toda costa. No lo lograrán, porque eso nunca ha sido posible en ningún tiempo o lugar, pero sí pueden ser capaces de envenenar atmósferas nacionales e internacionales.

Aunque también hay enclaustramientos que en la actualidad parecen inexplicables, pero que están ahí, en contraste abierto con lo que ocurría en otras épocas. Cito el ejemplo de la poesía hispánica: allá, en tiempos del Modernismo, ¿quién no conocía a los grandes, independientemente de su procedencia nacional? Nombres como los de Rubén Darío, José Santos Chocano, Amado Nervo, José Asunción Silva y Leopoldo Lugones, entre muchos otros, resonaban popularmente por todas partes, y eso que en aquellos entonces las comunicaciones eran casi inexistentes. Hoy nadie conoce prácticamente a nadie, salvo en círculos muy reducidos. La poesía ha venido perdiendo vínculos emocionales con el lector común, que es el que en verdad importa, y eso también influye en la aridez humana que gana terreno.

En términos generales, las aperturas crecientes del mundo que se globaliza deberían ser la ruta de un humanismo nuevo, que sea capaz de ventilar la conciencia universal, tan saturada aún de residuos malsanos. Necesitamos al respecto un cambio climático benévolo y depurador, del cual puedan resultar los indicios ciertos de una convivencia verdaderamente humanizada en todos los ámbitos y niveles del fenómeno real.

Quizás la mayor ganancia de esta etapa evolutiva que nos toca vivir consista en que tampoco la evolución admite ya las cuadriculaciones que hasta hace poco parecían tan naturales, como era esa que dibujaba el mapamundi conforme a los conceptos de desarrollo y de subdesarrollo. Ahora sabemos, con creciente lujo de evidencia, que aquellas diferencias eran porosas y con frecuencia irreconocibles en lo esencial. Aquí también hay que descongestionar las bodegas de trastos inútiles.

En resumen, el vivir tal como se ejerce en nuestros días constituye para todos y en todas partes un desafío liberador, que no tiene nada que ver con las “liberaciones” ideologizadas que estuvieron tan en boga en el pasado reciente que ya parece remoto. Es el humanismo creador e integrador la gran tarea del presente.

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