Nosotros para mañana

Quiero creer en las opciones posibles para solucionar los problemas centrales que sufre la sociedad salvadoreña. Una de ellas es en cierta medida, la juventud. Nuevos individuos pueden a la vez ser y tener una respuesta a conflictos quizás menos estructurales –como lo podríamos pensar– que generacionales.
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Tenemos que defender y promover la juventud en su educación y luego, en su papel fundamental dentro del desarrollo de nuestra sociedad.

Mediante nuevos intelectos, nuevas dinámicas, nuevas ambiciones y nuevos horizontes se puede revitalizar un aire moribundo. Más que una riqueza, somos una necesidad: botón de ahora y rosa de mañana. Pero la flor reclama atención y empeño ya que el propósito supremo es generar una nueva élite: una verdadera clase política que logre reunir al mismo tiempo competencia y vocación.

Si la juventud salvadoreña sufre una división cultural y social es finalmente un escollo compartido con toda sociedad occidental. Por un lado, el primer problema es la educación, el sistema educativo nacional que el señor Picardo Joao ha considerado, expuesto y pensado de manera interesante.

Tomo entonces la libertad de apoyar y abrir de cierto modo lo dicho. Es dentro de una escuela que nos convertimos verdaderamente en seres humanos destinados a la vida social como actores crecientes en el umbral del futuro. Es como si el tiempo encontrara una encarnación, una materialización en la escuela. Un buen sistema educativo permite el avance de la sociedad; ratificando alianzas con el tiempo para ir de par con la modernidad, generaciones activas pueden sucederse para pensar y hacer la política.

La construcción de un sistema efectivo tiene que concentrar esfuerzos y acciones considerables para ofrecer una formación intelectual (en su sentido más amplio) a todos los jóvenes del país. De esta manera, una generación lúcida puede ser reina de su destino.

Por otro lado, existe une élite salvadoreña concentrada esencialmente en las escuelas bilingües cuyos limites sociales son conocidos de todos. Pero, además del débil porcentaje de la sociedad concernida, carece notablemente de conciencia política. Es decir, esta élite de cierta forma internacional por lo menos en lo que es su formación, no se interesa lo suficiente en la realidad nacional, sin tampoco, por ende, comprometerse con ella. Esta minoría privilegiada no tiene excusas. Al revés, goza de todos los requisitos para movilizarse y cambiar la sociedad.

Salir los viernes por la noche, reunirse en el lago de Coatepeque o en la Costa del Sol, está bien, ¿quién no aprovecharía de ello? Pero, ¿qué pasa después? La borrachera de un éxito venturoso tiene sus propios limites en términos de dignidad. Esta nube afortunada flota pasivamente en un cielo tormentoso.

Emprendamos un movimiento de sensibilización y de politización para incrementar su interés en nuestro país menesteroso de nuevos gobiernos. Es sin duda preferible trabajar la realidad, moldearla. No huir de ella.

De estos dos grandes problemas surge entonces un gran desafío: originar una juventud politizada y política mediante una relación bilateral por así decirlo. En efecto, se requiere en un caso una formación intelectual y en el otro un ensanchamiento del campo de acción. De tal compromiso tiene que formarse una generación lista y unida para remplazar a unos individuos agotados y destrozados en su soledad. He aquí el punto de acmé: la juventud puede saciar una voluntad de cambio frente a la ineficiencia política. Si la política no se puede cambiar, sí se pueden modernizar sus agentes, insuflándole nuevamente vida a su acción que tiende, justamente, a cambiar la realidad. No dejemos que hasta la esperanza se muera en el amargo caer de una ola costera.

Tags:

  • juventud
  • educacion
  • progreso
  • sociedad

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