Nuestra Constitución: ¿es inconstitucional o anticonstitucional? (I)

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Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA ¿Es esto un insulto e irrespeto a nuestra Carta Magna; ¿a nuestra Ley Primaria? ¿O un esfuerzo de rescate oportuno del documento más sagrado e importante para todo salvadoreño? Quizás un poco de historia nos dé una mano.

1492. Tres veleros llenos de turistas (armados) llegan a las islas Bahamas. Los amables residentes acceden al juego de “descubridor y descubierto”, y el continente americano se da por descubierto. Para 1775, todo el continente, desde Canadá hasta el extremo sur de Chile –esta vez gracias a la caballerosidad (de caballería) de los primeros y subsiguientes visitantes europeos– goza de su nueva personalidad como un conjunto de colonias europeas, y el honor, placer y privilegio de pagar tributo (e impuestos) a sus respectivas monarquías. Simpático juego, sobre todo para las monarquías.

En 1776 –y todo por un malentendido sobre una taza de té– los Estados Unidos de [Norte] América declaran su independencia, a pesar de las preocupantes dudas sobre lo que esto significaría e implicaría. Pues ahora... ¿Quién mandaría, y cómo? ¿Y los “mandados” qué papel jugarían, o tendrían? ¿Se seguirían pagando tributos, y a quién?

Estaba claro que se había iniciado una forma nueva de existencia, y que habría que definir las reglas de este nuevo juego. Primero, el “qué”, y luego, el “cómo”. Como se estaban constituyendo en algo nuevo, mediante una inspiración brillante, decidieron llamar “el qué” como “la Constitución”. Participaron mentes brillantes y verdaderamente patrióticas (como puede sospecharse, sin vínculos a partido político alguno), y las ideas plasmadas sacudieron al mundo entero; incluyendo el continente europeo del cual se estaban independizando. De hecho, habrían de sembrar semillas críticas para la misma Revolución Francesa en 1789, gracias a personajes influyentes y catalizantes como Alexander von Humboldt y otros.

Con ideas revolucionarias (en el buenísimo sentido) como “Por el Pueblo y Para el Pueblo”, y “Todos serán iguales ante la ley”, no fue sorprendente que esto también catalizaría la cadena de declaraciones que se desató en América y otros continentes. Cuando al fin le tocó su turno a lo que sería la República de El Salvador, comprendimos que también nos tocaría redactar nuestra propia Constitución: Cómo sería nuestro país y qué derechos tendrían nuestros ciudadanos. Y acá empezaron a darse rápidamente problemas cada vez más serios. Lejos de ser desde un inicio un documento contundentemente claro y sencillo como la de los EUA (con sus entonces 7 artículos; actualmente 11), nuestra Constitución, en “la tradición hispánica”, empezó como un documento de 78 artículos, actualmente de 273. ¿Por qué ha sido esto un problema grave; muy, muy grave? No es difícil de ver.

En el caso de los EUA se estableció desde un principio que la Constitución debería de limitarse a la esencia, a lo central. El “cómo” debería implementarse sería claramente la función de toda la estructura legal subordinada subsiguiente a la Constitución (leyes secundarias, “terciarias” o reglamentos; códigos, etcétera). Había que separar el caldo de la esencia. Si la sopa es de pollo, es de pollo; si es de tomate, es de tomate. Punto. El no percibir esto tiene un precio elevadísimo, que será abordado en el segundo y complementario artículo.

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