Nuestra Constitución: ¿es inconstitucional o anticonstitucional? (II)

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[email protected] de LA PRENSA GRÁFICAA veces pareciera que la interpretación y comprensión de nuestra Constitución está confinada a “grandes maestros juristas”. Pero nuestra Constitución es esencia fundamental: Qué país queremos, qué gobierno, y qué implica esto, en libertades y derechos, para quienes somos sus ciudadanos. Es por tanto el documento que más define nuestro país y su dirección; y por ende su Misión y Visión. Y nuestra propia identidad.

Siendo la Constitución tan importante, ¿no deberíamos todos los salvadoreños –y no simplemente los juristas– conocerlo muy bien, quizás más que cualquier otro documento de nuestro país? ¿Los principios contenidos y los fines que busca? ¿Cómo se ha definido nuestro país? ¿Qué es una república, representatividad, democracia, Nación? ¿Cuáles son nuestros derechos y cómo podemos saber hasta dónde llegan? ¿Qué significa que todos somos iguales ante la Ley? ¿Siempre? ¿Qué es nuestro Patrimonio Nacional (cultural, natural e histórico)? Estos son conceptos medulares que obviamente requieren un curso obligatorio de un año entero (¿sexto grado?) para compenetrarse con los principios de nuestro país y de nuestra identidad, más que un curso abstracto de moral, urbanidad y cívica.

Pero también deberá tenerse muchísimo cuidado. Pues posiblemente nuestra Constitución, enfatuada en el tipo de Gobierno y los derechos del individuo, sufra por razones similares a lo que se sufre actualmente EUA, cuya Constitución tampoco hace mayor referencia a las responsabilidades. ¿Podrá lograr prosperidad y felicidad una población obsesionada con sus derechos, si no tiene clara las responsabilidades y obligaciones requeridas para disfrutarlas –y retenerlas– plenamente, y no digamos los beneficios logrados al cumplirlas? ¿Y lo que renuncia y pierde quien no cumple?

La Constitución inicial de EUA estaba lejos de ser perfecta: Había mucho énfasis en el Gobierno y poco en el individuo; mantenía espacios para el elitismo y la segregación, etcétera, pero emocionó al mundo con sus conceptos de igualdad, libertad y un Gobierno representativo más que autocrático: ¡en siete artículos! Y fue mejorando a través de enmiendas (en apéndice), más que continuas adiciones y distorsiones de su esencia. En cambio, demasiados artículos de nuestra Constitución parecen corresponder a leyes secundarias o aun reglamentos. ¿Estaremos buscando compensar poca conciencia con “simple” elevación de jerarquía jurídica? ¿Será por esto que somos tan irrespetuosos de la ley, del país y del prójimo? ¿Será por eso que estamos destruyendo nuestro patrimonio nacional como que no hubiese ni nación, hijos ni futuro? ¿Será por esto que los derechos de los individuos con tanta frecuencia privan sobre los de la comunidad, y estos sobre los de la Nación?

¿Será que nuestra Carta Magna, con sus casi 300 artículos, ha sido manipulada para lograr que la mayor cantidad de cosas posibles sean “anticonstitucionales”, para aplastar oponentes en un juzgado? Será por eso que es tan fácil “revocar” una Constitución –¡con todo y sus “principios”!– para redactar una nueva que permita descarada y fácilmente establecer dictaduras y privilegios que nos alejan cada vez más de la libertad e igualdad?

Nuestra Constitución está claramente alejándose de las funciones y propósitos fundamentales que debe cumplir, con resultados ya demasiado evidentes. Hay que corregir –y de inmediato– si queremos reducir, minimizar y revertir el caos, desconcierto y descalabro que esto genera cada vez más.

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