Nuestra Señora de Lourdes

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Rutilio Silvestri

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El 11 de febrero la Iglesia Universal conmemora la aparición de la Santísima Virgen de Lourdes. Habían pasado cuatro años desde la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, cuando Nuestra Señora se manifestó a una muchacha piadosa llamada Bernardette, que recogía leña junto al río Gave, en el poblado de Lourdes, en Francia.

Resplandeció así la Virgen Inmaculada, en un día cualquiera, en el lugar que eligió para manifestar a los hombres, una vez más, su amor maternal. Y nos podemos preguntar: ¿Quién es esta, que avanza como la aurora naciente, bella como la luna, terrible como un ejército en orden de batalla?, como nos dice la Sagrada Escritura.

El corazón, lleno de fe, nos responde que esta Señora es nuestra Madre, admirable prenda de la misericordia divina en favor nuestro. Así lo reconoce la Iglesia al proponernos en la Misa de esta fiesta unas palabras de la Sagrada Escritura en las que se muestra el gran amor de Dios por los hombres: como la madre acaricia a su hijo, así Yo os consolaré. Lo veréis, y se gozará vuestro corazón, y floreceréis como la hierba que brota, y será conocida la mano del Señor en favor de sus siervos.

Durante siglos se ha desarrollado entre los cristianos la devoción mariana, que se manifiesta en tantas costumbres, antiguas o nuevas, pero vividas con un mismo espíritu de amor.

La maternidad de la Virgen es el fundamento de nuestro amor y devoción filial. Con su aparición en Lourdes, Nuestra Señora ha querido poner de manifiesto el amor grande que nos tiene. Nos recuerda que vive cerca de cada uno, que tenemos en el Cielo una Madre buena, pendiente del menor gesto, de la más pequeña necesidad o súplica de sus hijos. Nada invita tanto al amor como la conciencia de sentirse amados, nos dice Santo Tomás de Aquino.

María quiere que la tratemos, que acudamos a Ella, que nos dejemos cuidar y consolar, que le pidamos –como hijos pequeños– mil cosas cada día. A aquella muchacha de Lourdes le dijo que rezara durante varias semanas el Rosario, y que con ella lo rezasen todos los que acudían a la gruta. Nuestra Señora espera ese diálogo de hijos pequeños que repiten embobados a su madre, una y otra vez, sin cansancio, las mismas palabras.

Pretendemos rendir honor a María Santísima. El honor que le es debido, conforme a la excelencia de su ser y de su misión; honor singular, honor superior, honor que lamenta no poder jamás igualarse con el que el Señor le ha rendido y que el plan divino, que también descansa sobre Ella, merecería, nos dice san Pablo VI.

Hoy queremos reafirmar a Nuestra Señora esa decisión de acudir siempre a Ella: en días de bonaza, cuando llegue a nuestros labios una canción agradecida, y cuando en días de dificultad, cuando quizá el cansancio o la flaqueza del corazón presenten como insuperables los obstáculos de la vida.

La Virgen está siempre a nuestro lado, como una madre buena que día y noche vela por sus hijos, pero es preciso acercarse con cariño: renuncia a la soberbia y a la autosuficiencia.

Acudamos a María con la confianza de que nos escuchará.

Tags:

  • Nuestra Señora de Lourdes
  • amor
  • devoción mariana

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