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Nuestra memoria histórica necesita abrirse a sí misma para no quedar reducida a los esquemas preconcebidos conforme a visiones particulares (1)

La “memoria histórica” se ha vuelto así una especie de mosaico en el que hay énfasis, simulaciones y penumbras que responden, desde luego, a lo que se quiere recordar conforme a los intereses y a los poderes incidentes.
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Nuestra memoria histórica necesita abrirse a sí misma para no quedar reducida a los esquemas preconcebidos conforme a visiones particulares (1)

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En nuestro tiempo tan abierto a las novedades y a la vez tan desconfiado sobre lo que puede ocurrir con ellas y por ellas, se va haciendo cada vez más presente el interés por enfocar el pasado como materia ilustrativa e instructiva, y muy en especial el que antecede de cerca a la época que vivimos. Esta tendencia es saludable como tal, porque nos va acercando, como sujetos históricos globales y nacionales, a lo que somos en realidad: una mezcla fluida y constante de presente, pasado y futuro. Al ser así, el conocimiento realista del presente nos habilita para desplegar las energías que están a la mano, el conocimiento analítico del pasado nos permite asumir experiencias y recoger lecciones de lo vivido, y el conocimiento previsivo e intuitivo del futuro nos vuelve capaces de ir ordenando las líneas y las etapas de la ruta vital, tanto en lo individual como en lo colectivo.

Estamos hablando, pues, de un conocimiento integral y continuo que opera como una maquinaria indispensable para mantener en buen funcionamiento los distintos componentes del fenómeno existencial en sus variadas manifestaciones. Al enfocarnos específicamente en el conocimiento del pasado éste se manifiesta dentro de su escenario de hechos, cuya dinámica ya clausurada necesita un soporte anímico recolector, que es lo que llamamos memoria. La memoria histórica tiene, pues, una función no sólo evocativa sino sobre todo reveladora. Esa memoria, por el hecho de ser tal, está teñida de sentimientos y poblada de imágenes. Acercarse a ella es por eso reanimar lo sucedido a partir de lo que cada quien –persona, grupo o colectividad– quiere descubrir y pretende encontrar. La memoria, por su propia naturaleza, nunca será ajena a los sentimientos y a las aspiraciones del respectivo presente.

En los planos más universales esa teñidura emocional de la memoria puede ser percibida de todas las maneras imaginables. Basta hacer un somero recorrido por lo que llevamos sabido, verificado e imaginado de los distintos momentos de la historia para caer en cuenta de que no hay acontecimiento que se libre de las visiones parciales y parcializadas. Y esto es aplicable en todos los órdenes, desde lo político hasta lo espiritual. La sabiduría popular dice que cada cabeza es un mundo, y al ser así el campo de la realidad sucesiva se vuelve un infinito vivero de imágenes y de juicios sobre las mismas, lo cual nos hace concluir que nada es definitivo en lo que al quehacer humano se refiere: todo queda sujeto a valoraciones y a distingos, que además mutan permanentemente. El ejercicio memorioso no escapa a dicha condición, sino que más bien constituye uno de los más nítidos ejemplos de ella.

La “memoria histórica” se ha vuelto así una especie de mosaico en el que hay énfasis, simulaciones y penumbras que responden, desde luego, a lo que se quiere recordar conforme a los intereses y a los poderes incidentes. En el caso de los conflictos bélicos, que son coyunturas especialmente dramáticas en cualquier época y lugar, lo antes dicho se torna aún más patente, porque casi siempre hay vencedor o vencedores militares, que al quedar en posesión de la victoria ponen a la memoria dentro del botín. Y así podemos subrayar un hecho que lo determina casi todo en este plano: el hecho de la memoria intencional, sustitutiva de la memoria real. ¿Cuánto de lo que creemos saber del pasado en cualquiera de sus dimensiones es mero producto de lo que se quiere que salga a la luz? Una pregunta que ni siquiera recibe el mínimo de atención que demanda su trascendencia para la clarificación de lo que en verdad ha sido.

Por nuestra parte, los salvadoreños le hemos prestado desde siempre muy poca atención a la memoria, por efecto de nuestra condición tradicional de seres de tránsito –como lo muestra la tendencia migratoria de toda la vida– y por causa de los distintos avatares disgregadores que nos ha tocado sobrellevar en el transcurso del devenir nacional. Al ser las cosas de esa manera, nuestra relación con la memoria histórica viene siendo dispersa y aleatoria, como se hace evidente en el desapego que venimos mostrando respecto de nuestra experiencia acumulada.

No es casual entonces que, entre nosotros y respecto de nosotros, la llamada “memoria histórica” presente con gran elocuencia los sesgos y las distorsiones que parecieran caracterizarla pero que en verdad son defectos de concepción, de perspectiva y de manejo. Lo primero que se tendrá que emprender, entonces, es la limpieza de los conceptos y la viabilización de los métodos para el tratamiento de lo pasado. Ahí hay una gran tarea por hacer.
 

Tags:

  • memoria historica
  • intereses
  • aspiraciones
  • espiritualidad

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