Lo más visto

Nuestra meta es el paraíso

Enlace copiado
Nuestra meta es el paraíso

Nuestra meta es el paraíso

Nuestra meta es el paraíso

Nuestra meta es el paraíso

Enlace copiado
El día primero de noviembre la Iglesia Universal celebra la fiesta de Todos los Santos y el papa Francisco nos recordaba en una de sus homilías que la meta de nuestra existencia no es la muerte, ¡es el Paraíso! Lo escribe el Apóstol Juan: “Aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2).

Los Santos, los amigos de Dios, nos aseguran que esta promesa no decepciona. En efecto, en su existencia terrena, han vivido en comunión profunda con Dios. En el rostro de los hermanos más pequeños y despreciados han visto el rostro de Dios, y ahora lo contemplan cara a cara en su belleza gloriosa.

Los Santos no son superhombres, ni han nacido perfectos. Son como nosotros, como cada uno de nosotros, son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo han vivido una vida normal, con alegrías y dolores, fatigas y esperanzas. Pero ¿qué ha cambiado su vida? Cuando han conocido el amor de Dios, lo han seguido con todo el corazón, sin condiciones o hipocresías; han gastado su vida al servicio de los demás, han soportado sufrimientos y adversidades sin odiar y respondiendo al mal con el bien, difundiendo alegría y paz.

Esta es la vida de los Santos, personas que por el amor de Dios no han vivido su vida poniendo condiciones a Dios, no han sido hipócritas, han gastado su vida al servicio de Dios, han servido al prójimo, han sufrido tantas adversidades. Los Santos son hombres y mujeres que tienen la alegría en el corazón y la transmiten a los demás.

Hoy los Santos nos dan un mensaje en esta fiesta. Nos dicen: ¡confíen en el Señor, porque Él no decepciona! ¡El Señor no decepciona jamás! Es un buen amigo. Siempre a nuestro lado. ¡No decepciona jamás!

Con su testimonio los Santos nos animan a no tener miedo de ir contracorriente o de ser incomprendidos y escarnecidos cuando hablamos de Él y del Evangelio; nos demuestran con su vida que quien permanece fiel a Dios y a su Palabra experimenta ya en esta tierra el consuelo de su amor, y después cien veces más en la eternidad.

Vamos a pedirle al Señor que nuestra vida, de personas corrientes, que viven en medio del mundo, desarrollando las múltiples ocupaciones de todos los demás hombres y mujeres que pasan alrededor nuestro cotidianamente, cada uno con sus problemas personales; que si los vivimos cara a Dios, como cosas queridas o permitidas por Él para nuestro bien, son medio para ir al Cielo.

Ofrezcamos al Señor nuestro trabajo bien hecho –sea cual sea, ya que Él no hace distinciones entre uno y otro trabajo, sino que ve el amor que ponemos al realizarlo y si lo hacemos bien hecho, bien terminado, sin chapuzas de ningún género. Como un holocausto ofrecido al Creador del Universo.

Así viviremos una vida tranquila y alegre, junto al Señor y a su Madre –que es también Madre Nuestra–, disfrutando con lo que Él nos va dando y con lo que, con Su ayuda, conseguimos con nuestro esfuerzo en esta vida, y vamos caminando por el camino del Cielo.

Encomendamos nuestra oración a la intercesión de María, Reina de Todos los Santos, para que la presente a su Hijo como ofrenda de nuestra vida, para bien nuestro. Que el Señor la acoja y la encuentre digna de Él, ya que le llega por las manos de la Santísima Virgen: la “Omnipotencia Suplicante”, como la llamaba san Josemaría Escrivá.

Lee también

Comentarios