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Nuestro país debe decidirse en serio a afrontar sus inconsistencias y a hacer apuestas de futuro sobre bases realistas

Para el caso, seguir enarbolando una retórica agresiva como la que caracteriza a los voceros gubernamentales, aunque eso pueda sonar a repique de victoria en los oídos de aquellos que no quieren salir de los túneles ideológicos, lo que eso verdaderamente acarrea son más desconfianzas y más resistencias.
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A diario van surgiendo en el ambiente retos relacionados con el funcionamiento institucional y con la puesta en marcha de iniciativas que allanen el camino hacia el desarrollo. La cotidianidad en El Salvador es una especie de mosaico en el que se juntan las cosas por corregir, las dinámicas por emprender y las expectativas por activar. Todo esto hace que los salvadoreños vivamos con la agenda de trabajo nacional permanentemente llena, y en muchos casos acuciante al máximo. El no responder adecuadamente a tal situación, como es ya costumbre desafortunada y nociva, va complicando cada vez más el desempeño general y poniendo en jaque las posibilidades de salir airosos dentro de una realidad nacional, regional y global en la que la competitividad es crecientemente demandante.

Los temas de relieve que requieren tratamientos inmediatos y efectivos son de la más variada índole, y van en este momento, para poner ejemplos específicos, desde la desburocratización aduanera hasta la preservación de la ayuda estadounidense en diversos campos del desarrollo. Nuestro esquema burocrático es francamente obsoleto, y modernizarlo en todos los sentidos es una tarea impostergable, porque el entramado de obstáculos, como los que se presentan en las aduanas, es una retranca absurda en una época en la que lo que se debe potenciar son las aperturas beneficiosas. En este campo, igual que en el de los incentivos para atraer y propiciar inversión, nos hemos quedado en la época de las cavernas.

En lo tocante a la ayuda estadounidense, nos hallamos en un momento delicado, que habría que tratar a fondo. En primer término, hay que esforzarse por cumplir con los requisitos para recibir dicha ayuda, que ahora mismo son más exigentes a raíz del cambio de Administración en Estados Unidos, aparte de que hoy los montos de la ayuda aprobada para nuestra subregión son menores. En este punto se juntan otros factores como los referentes a la inmigración y a la delincuencia organizada. Ante la amenaza cierta de más deportaciones de connacionales, es preciso prepararse de veras para lo que eso pueda significar en el ambiente, tomando en cuenta que un buen número de los deportados tienen antecedentes delincuenciales.

Y en un escenario como éste en el que hoy nos toca movernos como país hay que cuidar mucho más las expresiones y las acciones. Para el caso, seguir enarbolando una retórica agresiva como la que caracteriza a los voceros gubernamentales, aunque eso pueda sonar a repique de victoria en los oídos de aquellos que no quieren salir de los túneles ideológicos, lo que eso verdaderamente acarrea son más desconfianzas y más resistencias. Para no seguir complicando las cosas hay que asumir la debida disciplina tanto en lo verbal como en lo funcional.

La realidad obliga a hacer significativas correcciones en el presente a fin de habilitar rutas francas hacia el futuro. Este no es momento para petrificar confrontaciones ni para seguir apuntalando trincheras dizque ideológicas. Hay que abrirse en todos los órdenes a la racionalidad básica que es propia de la democracia en su auténtico sentido y en sus naturales proyecciones.

Aunque los signos que proliferan son en gran medida muy poco alentadores, es indispensable mantener la confianza en el país, en sus potencialidades y en sus energías. Sólo el positivismo bien administrado puede hacer que salgamos adelante.
 

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