Nuestro país necesita ordenamiento prácticamente en todos los campos

En la democracia, los balances de poder dentro del aparato público son requisitos de estabilidad básica, que en ninguna circunstancia deben ser descuidados ni mucho menos atropellados; y cuando en ese nivel se producen desajustes o trastornos, toda la institucionalidad sufre las consecuencias.
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Durante largo tiempo, los salvadoreños hemos estado viviendo una especie de pesadilla que por momentos se vuelve liviana y a ratos tiene todas las características de una carga insoportablemente pesada. Las causas de tal situación, que produce en el ambiente consecuencias de la más variada índole, son múltiples, pero algunas de ellas tienen origen estructural, y provienen en gran medida de que los liderazgos nacionales sucesivos han sido tradicionalmente incapaces de responder como se debe a los reclamos de corrección y de cambio que la misma realidad va poniendo sobre la mesa en el curso de la evolución.

Una de las expresiones más notorias de dicho fenómeno es la sensación de desorden que se hace sentir en el día a día, y que la siente sobre todo el conglomerado ciudadano, que está expuesto a tantos peligros y asediado por tantas carencias en la cotidianidad. Institucionalmente hablando, la sensación antes mencionada toca hasta los más altos niveles de la organización estatal, lo cual significa que en los ámbitos ejecutivos, legislativos y judiciales se presentan constantes crisis de interrelación, en buena medida porque el manejo de los entes respectivos fácilmente se complica por intereses mal administrados.

En la democracia, los balances de poder dentro del aparato público son requisitos de estabilidad básica, que en ninguna circunstancia deben ser descuidados ni mucho menos atropellados; y cuando en ese nivel se producen desajustes o trastornos, toda la institucionalidad sufre las consecuencias. El orden, por ende, constituye un principio vital para que el sistema opere en la forma requerida.

Como los salvadoreños no teníamos ninguna experiencia previa en cuanto a ejercicio real de la democracia se refiere antes de que ésta se instalara en nuestro ambiente a comienzos de la década de los 80 del pasado siglo, lo que en verdad ha venido faltando es introyectar en el ánimo nacional el significado de la lógica democrática, que es ordenadora por naturaleza. El orden, pues, no es una virtud opcional en este ámbito, sino un principio de operatividad que está en la base del funcionamiento efectivo.

Y, por la propia índole de las funciones que desde ahí se ejercen, es en las cúpulas de los Órganos fundamentales del Estado donde se debe asegurar, en primer término, que la conducción ordenada y eficaz se exprese de manera inequívoca. Eso significa que tiene que haber conciencia responsable de la respectiva gestión y del desempeño adecuado de la misma. En otras palabras, todos aquellos que están al frente de las tareas ejecutivas, legislativas y judiciales deben asumirlas sin distorsiones de ninguna índole, para que dicha conducta irradie positivamente sobre todo el aparato estatal.

Esta tarea, que en tantos sentidos sigue pendiente, debería ser ubicada en lugar prioritario de la agenda política nacional; y al estar hoy activa la campaña que definirá los liderazgos en el Órgano Legislativo, en el Ejecutivo y, en buena medida, en el Judicial, es ocasión más que oportuna para priorizar los compromisos ordenadores, que pongan al país en otro rumbo.

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