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Nuestro país no podrá salir de veras adelante si no se activan en serio dos conceptos básicos: disciplina y realismo

Es claro que, pese a los múltiples avatares que el país ha tenido que enfrentar en el pasado, nunca se había tenido una situación como la actual, en la que lo imprevisto es lo que se impone y lo descabellado es lo que lleva la delantera.
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Nuestro país no podrá salir de veras adelante si no se activan en serio dos conceptos básicos: disciplina y realismo

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Lo que está cada vez más a la vista en nuestro ambiente es la recurrencia constante del descontrol y del desatino en prácticamente todos los aspectos de la vida nacional. Es como si no hubiera brújula segura ni timón convincente. Lo que siente la ciudadanía es que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento, y no sólo en referencia a la inseguridad ciudadana, que desde hace ya mucho ha rebasado todos los límites, sino en los distintos campos de la vida tanto pública como privada. Es claro que, pese a los múltiples avatares que el país ha tenido que enfrentar en el pasado, nunca se había tenido una situación como la actual, en la que lo imprevisto es lo que se impone y lo descabellado es lo que lleva la delantera. Basta recorrer al azar las imágenes de las noticias para constatar que es así.

Y precisamente porque la situación se vuelve a cada paso más insoportable es que nos hallamos ante la urgencia de recomponer el escenario nacional y de reordenar las prácticas que en él se desarrollan. Entonces van surgiendo las preguntas elementales, que tendrían que estar en la primera línea de la atención de todos; y la primera de esas preguntas es la de siempre: ¿Por dónde empezar? Y la misma situación indica de inmediato la respuesta: Por el fondo del fenómeno real. Ahí está patente el contraste inicial con lo que se ha venido dando hasta la fecha: una terca insistencia a quedarse entre las ramas para no ver el tronco ni mucho menos avanzar hacia las raíces. Nuestra sociedad ha vivido permanentemente huérfana de análisis pertinentes y suficientes sobre su propio ser en acción, y aquí tenemos las consecuencias.

Para llegar al fondo de las cosas se requiere un método conductor y esclarecedor; y para descifrar y administrar lo que resulte de la práctica del método se precisa aplicar fórmulas realistas. Disciplina y realismo son, pues, los instrumentos de trabajo que nunca pueden faltar cuando se trata de darle forma progresiva al destino nacional, que es en el que todos vamos inmersos, con independencia de lo que seamos y de lo que podamos. No es de extrañar, entonces, que hayamos llegado al estado de cosas actual cuando jamás nos hemos preocupado por el método que rija el tratamiento del fenómeno real ni nunca hemos querido reconocer que el realismo de los enfoques y de los tratamientos es insustituible a la hora de manejarse en los diversos terrenos de la vida tanto individual como colectiva.

Hay dos áreas muy específicas de la realidad nacional que son emblemáticas al respecto: el área de los acuerdos políticos para encarar los problemas mayores y el área de la activación económica para entrar en ruta de verdadero desarrollo. Entenderse políticamente siempre requiere disciplina metodológica que habilite para funcionar de modo consistente y sostenible. Sin método apropiado no hay avance real posible, como puede constatarse con la falta de resultados significativos en todos los intentos de entendimiento llevados a cabo hasta la fecha. Y el método trae consigo propósitos y metas, que tampoco los hay en lo que se ha hecho hasta el momento. En tales condiciones la disciplina metodológica no puede funcionar, y hay ya sobrada experiencia para no seguir cayendo en lo mismo.

En lo que toca a la activación económica, ésta no se da en la medida que las circunstancias demandan porque no hay un proyecto nacional de bases realistas y de proyecciones definidas. Todo se viene haciendo al vaivén de las iniciativas improvisadas, y por consecuencia lo que se tiene es la dispersión que no permite avanzar de veras. Hemos señalado cuantas veces ha sido oportuno que El Salvador carece de una auténtica apuesta productiva, que tome en cuenta tanto las posibilidades internas como las que se abren en el mundo global. Continuar dando palos de ciego en esta temática de tanta trascendencia es apostarle a la ineficiencia en su peor sentido. Y la ineficiencia continuada acarrea frustración sistemática, que es la que ahora nos afecta con creciente impacto depresivo.

Es hora más que sobrada de reciclar voluntades y de rehacer esquemas en función de un país que quiera y pueda salir adelante. La tardanza injustificada lleva al empantanamiento sin escapatoria, y en ese círculo vicioso nos encontramos atrapados. Cuando la ciudadanía menciona con insistencia que hay que cambiar el rumbo habría que entender que lo que se exige es reorientar, en primer término, las mentalidades de todos, comenzando por lo que lideran y conducen. La tarea, pues, se inicia con un insoslayable y generalizado giro de conciencia.

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  • incertidumbre
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