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¡Nuestro primer Santo!

Fiesta, en medio de un país lleno de rebeldías, de polarizaciones, de absurdos berrinches. Fiesta es lo que se está viviendo estos días desde Roma hasta nuestro pulgarcito. La Iglesia nos trae la alegría de tener el primer salvadoreño en los altares, nuestro primer "Santo".

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Randa Hasfura Anastas - Colaboradora de LA PRENSA GRÁFICA

Randa Hasfura Anastas - Colaboradora de LA PRENSA GRÁFICA

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En las calles de Roma, en las librerías, en las iglesias, en ciertos parques cerca del Vaticano se escuchan diferentes idiomas, diferentes acentos todos con un mismo sentir: la alegría de la canonización de un sacerdote mártir que fue desprestigiado por su pueblo por mucho tiempo.

Van llegando poco a poco los más de cinco mil peregrinos salvadoreños y cientos más de diferentes partes de Latinoamérica y Europa. Pero es "nuestro" mártir, y puedo decir con certeza y tristeza que aún estos días muchos salvadoreños quedaron excluidos en la crítica. Jesús ya lo decía, pero hoy más que nunca se hace presente esta frase: "Nadie es profeta en su propia tierra".

Y es que desde mucho tiempo atrás, Monseñor Romero viene siendo más venerado en otras partes del mundo que en el nuestro: en Suramérica, Europa y muchas partes de Estados Unidos se dan charlas, conferencias y conversatorios sobre su mensaje y su incansable lucha por los Derechos Humanos, frases como: "una religión de misa dominical pero de semanas injustas no son del Señor"; "una religión de mucho rezo pero con hipocresías en el corazón no es cristiana"; "un cristiano que defiende posiciones injustas ya no es cristiano"; "la justicia es como las serpientes, solo muerden a los que están descalzos" han dado la vuelta al mundo y la gente las admira y las aplaude.

Pero, no solo se trata de la canonización de nuestro Arzobispo mártir, sino del ensalzamiento de una Iglesia que en pleno siglo XXI fue perseguida y atacada en nuestro país y en el continente.

Monseñor Romero, símbolo de esa Iglesia perseguida, fue un hombre que quiso vivir como un "cristiano de los orígenes": despojado de las jerarquías que este mundo impone; viviendo con y como los pobres; firme en sus discursos, firme en su proceder, y muriendo por decir la verdad.

Tener a todos en contra, sí que es sufrir una oscuridad muy cristiana. Muchos no le entendían, otros lo desprestigiaban, y los suyos... los suyos le han dejado solo por miedo.

Pero no murió abandonado, aquel Domingo de Ramos, su funeral fue una manifestación popular de amor: entre llantos y escombros, campesinos y obreros, ancianos y niños, sacerdotes e intelectuales... ¡la gente no cabía! Y lo mismo sucedió en su beatificación; y lo mismo sucederá este domingo: extranjeros y salvadoreños, sacerdotes y laicos... ¡todos en la explanada de San Pedro!

De esta manera nos damos cuenta cómo el tiempo de Dios no es el tiempo del hombre. Él sabe perfectamente cómo, cuándo y dónde pone su mano para arreglar todo a su estilo.

Quiso que muriera en sus manos (en el altar, ofreciéndose él mismo como mártir, como ofrenda agradable a Dios), pudiendo haber sido en otro lugar.

Quiso que pasaran 35 años para que su martirio se pronunciara justamente por un Papa latino, Francisco, fiel discípulo de Pablo VI, a quien Monseñor Romero también admiraba, porque fue de quien recibió ese impulso de compadecerse por los sufridos y quien fuera su maestro en Roma, y junto a quien será canonizado en medio del Sínodo de Obispos.

Así... justo así es como Dios quiso sacar de un país tan pequeño, pero tan controversial: un santo... un santo para el siglo XXI; ¡un santo "mártir" para todo el continente! San Romero de América.

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