Nuestro proceso democrático sigue en pie, ¿pero dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos?

La democracia salvadoreña nació bajo condiciones muy peculiares, en un momento crucial de nuestro devenir histórico.
Enlace copiado
Nuestro proceso democrático sigue en pie, ¿pero dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos?

Nuestro proceso democrático sigue en pie, ¿pero dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos?

Nuestro proceso democrático sigue en pie, ¿pero dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos?

Nuestro proceso democrático sigue en pie, ¿pero dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos?

Enlace copiado
La dinámica del proceso nacional había llegado a un punto límite: por una parte, el tradicional régimen autoritario estaba ya en fase de insostenibilidad irreversible; y por otra, la conflictividad política estructural se encontraba a punto de convertirse en lucha armada abierta en el terreno. La democratización surgía, pues, rodeada de enigmas y de amenazas, que sólo el tiempo sería capaz de descifrar y de esclarecer. Pero la realidad no se detiene cuando sus piezas están puestas sobre el tablero, y ese era justamente el caso en aquel cruce de tiempos tan decisivos para nuestra suerte como sociedad. 1980 fue, en tal sentido, un año sin precedentes.

Después de atravesar todos los terrenos minados del conflicto bélico, pasamos a esta fase de la democratización sin violencia política. Esto último es determinante al máximo, y el hecho de que ya se le tenga como forma natural del proceso le agrega a éste una estabilidad básica de buenos augurios. Pero los desatinos aprendidos en la larga época en que las diferencias se veían como pistolas cargadas no se resignan a desaparecer del todo, y eso es lo que más caracteriza al momento político actual. El choque frontal de fuerzas, como se ve patéticamente en la Venezuela convulsionada de nuestros días, no se puede dar en un escenario verdaderamente democrático; pero cuando dichas fuerzas quieren seguir en las mismas pese a que ya no es factible, sí se dificultan de manera artificiosa los entendimientos que son tan indispensables para que la democracia lo vaya dando todo de sí. Ello tendría que merecer un tratamiento adecuado en función de presente y en clave de futuro.

Una de las cosas que hay que atemperar en el ambiente es el voluntarismo exacerbado. En el plano político, las fuerzas en juego tienden a actuar como si la realidad se moviera a su voluntad, cuando lo que ocurre en los hechos es lo natural: que dichas fuerzas estén fundamentalmente determinadas por la objetividad del fenómeno real en constante movimiento evolutivo. Hay que aplicar voluntad desde luego, pero en el entendido que ésta es un instrumento, no un mandato. A estas alturas de la experiencia vivida ya no debería haber ninguna duda al respecto. Casi todos los problemas que padecemos derivan de no querer aceptar la naturaleza de las cosas tal como son y no como los intereses específicos quisieran que fueran. Por fortuna todo apunta a que tal despiste va perdiendo fuerza de incidencia.

En este momento, nuestro proceso democrático, aunque no se ha detenido, avanza por terreno artificiosamente pedregoso. No es que haya alguna vía en la que no se den problemas de recorrido, pero sí existen maneras de allanar terreno, si las voluntades armonizan en los propósitos básicos. ¿Y cuáles tendrían que ser dichos propósitos? Al menos tres de primer orden: reconocerse como adversarios y contendientes, no como enemigos más o menos encubiertos; perderle el miedo a la armonía que requiere la democracia para desplegarse como debe ser; y poner el empeño, la disciplina y la paciencia que se requieren para que nada quede a la buena de Dios.

Visualicemos de inmediato los horizontes posibles hacia los que podríamos dirigirnos. Si persisten las confrontaciones estériles en el día a día, no hay horizonte que se pueda definir de antemano y por consiguiente las diversas incertidumbres e inseguridades seguirán haciendo de las suyas; y si se empieza a transitar hacia actitudes y conductas más racionales y sensibles, se abre el abanico de los horizontes, algunos con más iluminación que otros, pero todos con presencia proyectiva. Ojalá que esta última posibilidad vaya abriéndose camino, para habilitar verdadero futuro. De lo contrario, las facturas de la irracionalidad irán para arriba.

Lee también

Comentarios

Newsletter