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Nuestro proceso electoral evoluciona y no hay que trastocar dicha evolución

Mientras no haya quebranto de los roles que el orden legal establece, lo que corresponde en el legítimo desempeño democrático es acompañar las aperturas para que la transparencia y la efectividad se habiliten cada vez más. En tal sentido, el TSE debe asumir sin excusas ni evasivas su rol de conductor inteligente y confiable.
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En los tiempos más recientes ha venido poniéndose cada vez en evidencia la progresiva transformación de las mecánicas electorales que forman parte esencial y determinante del esfuerzo democratizador que está viviéndose en nuestro país. En tal sentido, lo que más resalta es el imperativo de poner las elecciones en el nivel que les corresponde para que sean de veras muestras vivas de la voluntad popular en movimiento. Dicha voluntad debe contar para ello con los componentes estructurales que aseguren no sólo que está siendo reconocida como tal, sino que los resultados que la viabilizan responden a lo que la ciudadanía quiere y espera en cada evento en que su sentir y su pensar se manifiestan.

Ahora mismo estamos ya inmersos en la campaña que precede a la elección presidencial que culminará en las urnas el próximo 3 de febrero de 2019; y tal dinamismo comenzó a avanzar desde antes de que se produjera la elección legislativa y municipal del 4 de marzo recién pasado, porque es evidente a todas luces que la ciudadanía electora tomó ambos eventos como un núcleo conjunto de cara a lo que vendrá políticamente hablando de aquí en adelante.

Aunque las elecciones, como todo fenómeno que toma cuerpo dentro del dinamismo democrático constante, están legalmente reguladas y son institucionalmente administradas en forma previsible conforme al orden legal, es imperioso que las regulaciones y la administración de las mismas vayan siempre acordes con la dinámica evolutiva que les da sentido y proyección en el tiempo. En otras palabras, hay que evitar todo encajonamiento regresivo e ir de la mano con las necesidades legítimas que la misma evolución propicia.

Una de las expresiones más gráficas de lo que viene trayendo la ciudadanización de los aconteceres políticos es la expansión creciente de las campañas electorales, que antes eran casi ficciones para disfrazar los manejos absolutistas del poder. Hoy en verdad, y conforme al fenómeno aperturista en marcha, lo que la ciudadanía busca son soluciones a sus grandes problemas y demandas pendientes, y para que ello entre en ruta hay que asegurarse de que se elige a quienes, en cada coyuntura, tienen más capacidad y voluntad de resolverlos. Esto sólo puede lograrse si los ciudadanos tienen suficiente tiempo para conocer lo que son y lo que proponen aquellos que buscan el beneficio del voto.

En ese sentido, las resoluciones del Tribunal Supremo Electoral deben ser comprensivas de la realidad, sin querer imponer criterios restrictivos que limitan el contacto entre los candidatos en juego y la ciudadanía expectante. Cada partido tiene su dinámica interna, y eso no se puede uniformar artificiosamente. Mientras no haya quebranto de los roles que el orden legal establece, lo que corresponde en el legítimo desempeño democrático es acompañar las aperturas para que la transparencia y la efectividad se habiliten cada vez más. En tal sentido, el TSE debe asumir sin excusas ni evasivas su rol de conductor inteligente y confiable.

Hay que hacer todos los esfuerzos necesarios para que la elección presidencial por venir sea incuestionable y satisfactoria para el país en general.

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