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Nuestro ritmo histórico cada vez depende menos de nuestro arbitrio

El devenir histórico es, qué duda puede caber a estas alturas, un juego constante de paradojas. Lo que en un momento determinado se mira, se juzga o se vive de un modo, al día siguiente puede dar la vuelta, sin previo aviso.
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<br /><p>La prueba más patente y dramática la hemos tenido en el giro insospechado que dio la bipolaridad mundial, que parecía haber venido a quedarse por tiempo indefinido. El panorama de aquella lucha de ideologías estaba tan asentado en el mapamundi y, sobre todo, en los planos de las proyecciones históricas, que en Europa se inventó el “eurocomunismo”, para tener una alternativa propia que atenuara los efectos del gran tsunami venidero. ¿Y qué llegó? Una implosión de coreografía “light”, en el otoño de 1989, época anual de estrenos teatrales. Aquel año, el gran estreno teatral superó lo previsible. Broadway se quedó chiquito.</p><p>Nuestra realidad nacional estuvo marcada tradicionalmente por el signo de la inmovilidad. No es que las cosas no se movieran, porque la vida es siempre un proceso, sino que dicho movimiento era una especie de repetición controlada, en función de mantener a resguardo los intereses del poder establecido. Cualquier amenaza —real o figurada— a dicho estado de cosas era vista de inmediato como la sombra inminente del “enemigo”. Así se fue levantando la imagen del “enemigo interno”, que vino a ser una presencia infaltable en el escenario colectivo. Y así la dinámica histórica llegó a convertirse en la tensión perpetua entre los “enemigos internos”, visto cada uno como tal desde la óptica del otro. La ideología era el motor ideal de esa contradicción irreconciliable. Y cuando los motores empezaron a rugir era la hora del enfrentamiento bélico.</p><p>Hay que decir que la cronología nos ha sido especialmente favorable en toda esta larga época transcurrida desde que, allá a inicios de los años 80 del pasado siglo, pasamos de la conflictividad difusa a la conflictividad bélica. Cito tres ejemplos de ello: en 1989, cuando nuestro conflicto interno estaba maduro para la política, se disolvió la bipolaridad mundial, liberando nuestra agenda para buscar una solución propia; la Ofensiva hasta el Tope, que al cerrar las posibilidades de desenlace militar le abrió las puertas a la solución política, se produjo un día después de la caída del Muro de Berlín; en la medianoche del 31 de diciembre de 1991 concluyó el período de Javier Pérez de Cuéllar como Secretario General de la ONU, lo cual estableció un límite estratégico para la negociación de la paz, que no podría haberse traspasado sin entrar en el terreno de lo indefinible.</p><p>La posguerra salvadoreña inició su curso al mismo tiempo que empezaba a desplegarse esta experiencia sin precedentes que llamamos globalización. El mundo segmentado anterior hacía uso de un mapamundi real hecho a su medida. En aquel mapamundi había grandes centros de poder y diversos círculos de influencia. Existían los alineados, y, por contrapartida, se creó el Movimiento de los No Alineados, que era más bien un coro de discrepantes. En el nuevo mapamundi –ese que se sigue configurando en los hechos— el concepto de alineación, como tantos otros, está en vías de extinción. Ya no hay dos grandes “astros” con voluntad de atracción giratoria: lo que vemos que se expande es toda una constelación. Del mundo imperial al mundo global. Y eso nos atañe a todos, independientemente de poderíos y vinculaciones.</p><p>Lo anterior acarrea, entre muchos otros, un efecto que aún se halla en formación: la codependencia de nuevo estilo. El mundo segmentado de la bipolaridad determinaba todo un esquema de dependencias. En las circunstancias del presente, viene ganando espacio la codependencia. Los fenómenos más importantes son compartidos. Y esto puede verse con nitidez en un tema tan vivo como las migraciones actuales. Éstas ya no tienen el carácter succionador que tenían en otras épocas: hoy tienen más bien un carácter definidor. Por ejemplo, los miles y miles de salvadoreños que se van a Estados Unidos ya no se van para dejar de ser lo que son, sino para buscar oportunidades que les permitan ser mejores de lo que son. Y, al respecto, El Salvador y Estados Unidos –con todas nuestras asimetrías— compartimos el fenómeno, sin poder evitarlo. </p><p>En resumen, en el momento que se vive, ya nadie puede desentenderse de nadie, más allá de las voluntades específicas. Y esto es a la vez una oportunidad y un desafío. Se ha perdido la perversa comodidad de quedarse esperando a que llueva maná del cielo. Ahora, las energías globales nos retan a todos. Y es un reto que, cada día más, va dejando de ser opcional. Nos montamos en el carro de los tiempos o quedamos a merced de todas las intemperies del abandono. Modernizarse se ha vuelto, con más apremio que nunca, un imperativo de supervivencia. Lo que hay que hacer, pues, en primera instancia, son lecturas adecuadas de lo que los tiempos nos ofrecen y nos exigen, para inmediatamente después ponerse a la obra. Y si es así, en vez de estar braceando en lo seco tendríamos que animarnos a nadar hacia la profundidad.</p><p>

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