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Nuestro sistema educativo nacional reclama una transformación de fondo que lo ponga al día

A nuestro país se le hace tan difícil avanzar decididamente por dos razones determinantes: porque no hay apuesta productiva y porque no hay plan de nación. Esos dos vacíos nos mantienen atascados en una inercia sin salidas visibles.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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En El Salvador hay un requerimiento de modernización integral que cada vez se vuelve más apremiante, y esto se ha agudizado aún más con la aceleración de los tiempos actuales, que unida a la globalización expansiva que es hoy un fenómeno inescapable, hace que todas las realidades –tanto nacionales como internacionales– estén hoy en transición sin precedentes. Al tener en cuenta dichas condiciones, lo que se nos aparece como una tarea de primer orden es comenzar por el análisis exhaustivo de lo que ocurre a fin de pasar de inmediato a la definición de mecanismos de tratamiento en ruta hacia las soluciones que puedan ser suficientes y sostenibles sobre todo en las áreas que demandan urgente renovación; y una de esas áreas es la correspondiente al sistema educativo.Aunque las dramáticas condiciones imperantes en el país hacen que los puntos más angustiosos sean la inseguridad y la falta de oportunidades de superación económica, hay que tener presente que la realidad es mucho más compleja y demanda respuestas idóneas y eficientes en distintos ámbitos de la misma. Uno de esos ámbitos es el que corresponde a la educación. Y es que la educación es el pilar fundamental del progreso, aquí y en cualquier parte. Por ello una de las fallas más significativas de nuestro enfoque sobre la realidad es la desatención que ya se volvió sistemática sobre los temas de la formación en el ámbito educativo. La gran pregunta pendiente es: ¿Para qué se forma a los salvadoreños? Y de esto deriva otra: ¿Por qué la educación sigue estando relegada a una inercia histórica que se vuelve cada día más artificiosa y perniciosa?

Como en tantas ocasiones hemos insistido, la educación –sobre todo en estos tiempos de interconexión sin fronteras de la mano del fenómeno globalizador– no puede seguir siendo vista como una especie de deidad solitaria. Por el contrario, en nuestros días la cadena de las causas y los efectos está más viva y es más expansiva que nunca. En tal sentido, y yendo al punto crucial de toda esta dinámica, lo que se tendría que dar, en primer término, es el ligue decisivo entre tres realidades inescapables: productividad, competitividad y educación. Cuando se tenga definida la apuesta productiva nacional, en función de nuestras posibilidades reales tanto internas como externas, hay que poner en marcha un sistema educativo que le sirva de base a la productividad competitiva.

A nuestro país se le hace tan difícil avanzar decididamente por dos razones determinantes: porque no hay apuesta productiva y porque no hay plan de nación. Esos dos vacíos nos mantienen atascados en una inercia sin salidas visibles. Esto tendría que ser puesto en evidencia para desde ahí mover todas las voluntades indispensables por el rumbo correcto. Y la educación bien concebida, debidamente programada y puesta en acción con todos los ingredientes del caso es parte vital de la maquinaria del progreso.

El fenómeno educativo debe estar perfectamente conectado con todas las otras necesidades nacionales, porque es en su seno donde los individuos y la colectividad pueden encontrar sus respuestas de base y satisfacer todas sus interrogaciones existenciales. El país es un ser vivo, y la educación le provee los alimentos sustanciales para que pueda crecer y desarrollarse a plenitud. Esto es lo que todos debemos tener presente en todo momento, porque si no los riesgos de la anemia histórica se van volviendo endémicos, como es tan notorio en el ambiente.

Revisemos con ánimo analítico las experiencias del pasado y del presente, para así contar con los elementos suficientes que habiliten el redimensionamiento de las dinámicas formativas. Es cuestión de supervivencia nacional.

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