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Nuestros desatinados derechos humanos

Es trágicamente fácil ver por qué, en gran medida, El Salvador es tan sucio, desordenado, vulnerable, violento, destrozado y pobre; por qué el salvadoreño siente tanto desconcierto, inseguridad, pesimismo y desconfianza. Se trata de un problema de raíz, de fondo y de cultura; un problema de políticas mal enfocadas.
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Innegablemente, ha sido indispensable aceptar, ver mucho más de cerca, y corregir nuestras serias deficiencias en justicia y equidad. Pero simplemente, la ruta utilizada para corregir y mejorar no parece ser la más atinada, ya que parte de premisas fantasiosas, lo cual facilita manipulación ideológica y mayor deterioro y aun polarización de nuestro país. Pues claramente evadimos excesivamente un tema mucho más fundamental para lograr derechos humanos sólidos: el tema de las obligaciones humanas.

Podemos pensar, ilusoriamente, que nuestros derechos son automáticos, gratuitos e “inalienables”. Pero esto no es, en lo absoluto, cierto. Y una causa principal de este error es nuestra educación que, al igual que nuestra Constitución, está llena de información inapropiada y fuera de lugar. En lugar de estar centrada en principios fundamentales que deben regir nuestras vidas, está llena de información de poca utilidad, y excesivos detalles fáciles de encontrar sin necesidad de estarlos memorizando, y que más bien parecen estar allí para facilitar el trabajo de quienes deben dar y corregir exámenes.

No hay que pensarlo mucho: vivir en una sociedad, con todos los beneficios, servicios y facilidades que esto implica, no puede ser un derecho automático. Hay que cumplir claramente con una serie de obligaciones o deberes, que van desde no botar basura con tanto desprecio para el medio ambiente y las demás personas, hasta el pago debido de impuestos razonables. Si bien las cárceles son un recordatorio poco agradable de esta realidad, podría lograrse muchísimo más si nuestra educación, tanto pública como privada, hiciese énfasis inequívoco tanto en a) cuáles son estas obligaciones (¿oportunidades?) de un ciudadano y por qué existen, y b) cuáles son los beneficios que, en forma proporcional, se reciben a cambio de su cumplimiento. Es decir, desarrollar/motivar una cultura de respeto y responsabilidad.

Hay otros rasgos importantes asociados con lo anterior, que incluyen la honestidad y la capacidad. La honestidad en el trato con los demás, y hacer bien lo que uno hace, desde el pan hasta el cargo público. Es decir, cumplir bien con la sociedad que acobija y sostiene. Por ejemplo, en reglamento propio y aparte, debe quedar claro que ejercer como funcionario público debe –debe– depender de preparación adecuada, capacidad y buenos valores, y definitivamente no de una afiliación política o simple popularidad. Pues hemos perdido en exceso buenos funcionarios, de gran capacidad, experiencia y aun formación irremplazable por “no cumplir” con criterios de “lealtad” –los cuales con desafortunada frecuencia suelen considerarse más cubrir las espaldas del partido a cualquier precio que cumplir bien sus funciones.

No parece lógico ni beneficioso seguir rugiendo por los derechos de victimarios más que de víctimas, ni ignorar, regalar o aun expulsar despectivamente tanto talento humano que podría levantar este país con rapidez de la mediocridad. Seguir enfatizando con demagogias y falsas ideologías que se obtendrán los derechos humanos “a como dé lugar” solo generará más conflicto, oportunismo y pobreza. Una alternativa basada en educación y motivación pareciera más efectiva y prometedora para mejorar rápidamente nuestro país en un mediano plazo.

Tags:

  • derechos humanos
  • violencia
  • inseguridad
  • desconfianza

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