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Nuevo alumbrado público para San Salvador. ¿Cómo fue?

La historia del desarrollo humano no comenzó con la invención de las computadoras personales o los teléfonos inteligentes.
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Hace cincuenta años los habitantes de San Salvador tenían un concejo municipal elegido limpiamente, dentro de un paréntesis democratizador auspiciado por el presidente Julio Adalberto Rivera y su ministro del Interior (Gobernación), Fidel Sánchez Hernández, quienes respondieron a los reiterados reclamos de la oposición, en temas políticos como el de la representación proporcional en la Asamblea Legislativa. Así mismo, el gobierno central apoyó, en lo pertinente, los novedosos proyectos de la alcaldía, no obstante estar esta en manos del opositor PDC. El jefe municipal era el ingeniero José Napoleón Duarte Fuentes, un alcalde con nuevas ideas y visión de futuro, que ganó las elecciones con el lema “Honradez-Capacidad y Trabajo”, que cumplió e hizo cumplir a su equipo de colaboradores.

Para muestra revisemos cómo su administración logró sustituir las antiquísimas luminarias de la ciudad –tipo candil con sombrero– por modernas luminarias de mercurio y sodio, sin que ello le significara ninguna inversión directa al municipio. Comenzó por hacer que los contribuyentes morosos de muchos años se pusieran al día, y contando con los recursos así obtenidos le propuso un acuerdo a la compañía eléctrica: le pagaba todo lo que la alcaldía le debía y la empresa instalaba las nuevas luminarias sin costo para el municipio, nada más estimulada por el aumento en el consumo que generarían el número y potencia de las nuevas luminarias. Y San Salvador fue por aquellos plácidos años la capital mejor iluminada de Centroamérica.

El alcalde Duarte tenía un salario de tres mil colones que al cambio de la época equivalían a mil doscientos dólares y que, aun con las naturales variantes marcadas por el tiempo, resulta ser muchísimo menor que los salarios actuales de una docena de alcaldes. Al cambio de hoy aquel salario sería de 343 dólares. El jefe municipal usaba su propio vehículo, “porque el carro oficial gastaba mucho combustible”, sus concejales no devengaban ni un centavo y, aunque es cierto que en aquellos días había menos peligros, su austera política le llevaba a no rodearse de un vistoso equipo de seguridad y prefería manejar él mismo su viejo pick up amarillo. Su imagen tendría elementos en común con la del uruguayo José Mujica.

La alcaldía capitalina contaba con un presupuesto ligeramente inferior al del Hospital Rosales y una tarifa de arbitrios que daba lástima. Como era impostergable reajustarla a la realidad y a los tiempos, la sola propuesta de hacerlo de parte del concejo produjo una conmoción entre quienes estaban acostumbrados a pagar centavos o a no pagar nada, pero que sí exigían servicios públicos eficientes de parte de la comuna.

Dada la limitada disponibilidad de recursos económicos, Duarte y su equipo humano aceleraron una reorganización administrativa bajo conceptos gerenciales, que incluía una incipiente computarización a la que llamaban mecanización (hacía poco más de una década de la aparición del UNIVAC, el histórico ordenador con el que procesaron las elecciones de 1950 en Estados Unidos, y de la IBM 701, vanguardia de la expansión digital).

Para la conservación y archivo de documentos introdujeron el microfilm, lo que constituía un gran avance para la época. Y entre otros adelantos importaron de México las primeras barredoras mecánicas para limpiar las calles de la ciudad.

Para entonces (en 1965) San Salvador presumía de su nueva y brillante iluminación, lograda con ingenio y sin ninguna inversión de millones de dólares.

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