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Nunca es tarde para rectificar errores, y en la política eso debe convertirse en compromiso constante

El reciclaje positivo de las actitudes nacionales más que una tarea es ya una misión de alta significación histórica, porque estamos refiriéndonos al enfoque y al manejo del destino nacional en concreto.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Columnista de LA PRENSA GRÁFICALa política y los políticos vienen teniendo que hacer un aprendizaje sin precedentes en lo que a la práctica democratizadora se refiere, pues al no tener experiencias acumuladas al respecto todo se va convirtiendo en ejercicio para el que no vale prácticamente ninguna de las formas de actuar que regían en las épocas anteriores. Ese es el precio que hay que pagar cuando el autoritarismo en cualquiera de sus expresiones se ha convertido en manual de vida y hay que pasar a la democracia porque aquél ya no da de sí. Justamente eso fue lo que ocurrió en nuestro país allá a fines de los años 70 del pasado siglo. 1979 constituyó el parteaguas de tal situación, y el Golpe de Estado que se dio en octubre de dicho año fue sólo la graficación cronológica del fenómeno de fondo.

Hemos entrado en el segundo cuarto de siglo desde que se firmó el Acuerdo de Paz el 16 de enero de 1992 en el Castillo de Chapultepec de la ciudad de México. Para muchos constituye un exceso autogratificante el seguir hablando de Acuerdo de Paz cuando la paz sigue ausente de nuestras realidades nacionales; sin embargo, es del caso aclarar que aquel se llamó Acuerdo de Paz porque con él se le puso fin a la guerra de los 12 años. En ningún momento un Acuerdo de Paz de esa índole establece por sí mismo la paz estructural y social, que exige un trabajo de reparación y de reconstrucción de largo alcance. El no haberlo entendido así desde el primer momento ha hecho que los salvadoreños nos encontremos todavía en condiciones tan inseguras como las que imperan. En otras palabras, hay que trabajar por la paz y no esperar que la paz trabaje por nosotros.

Tal error de perspectiva nos ha producido distorsiones a granel, que ahora hay que tratar correctivamente, aparte de hacer lo que se debe para reparar todos los entuertos que quedan de los errores acumulados en el tiempo. Es hora, entonces, de ponernos a tono con el cúmulo de tareas que los salvadoreños de hoy tenemos pendientes aunque la culpa de no haberlas asumido y honrado a tiempo sea de los compatriotas que antecedieron. Lo que nos toca hacer sin alternativas es preparar el escenario para que todos los salvadoreños podamos hacernos ver y sentir como integrantes de una comunidad con vida propia y con destino compartible, y para ello es imperioso reconocer lo que no hemos sido capaces de asumir como integrantes de una comunidad de destino y empezar a darle vigencia a esa responsabilidad de ser lo que somos y de encaminarnos hacia lo que anhelamos, como sujetos conscientes de su responsabilidad individual y colectiva.

Según lo que percibe la ciudadanía, nuestro proceso evolutivo no ha sido administrado con la sensatez requerida, y por eso lo que prevalece es el desconcierto unido a la desconfianza y al malestar. Es preciso, entonces, hacer revisiones de fondo en todos los órdenes de la vida nacional a fin de orientarnos por una nueva ruta que enfile hacia la modernización reconstructiva. Hacer este ejercicio reparador no tiene por qué ser una apuesta dramática, sino, por el contrario, tendría que animarse como un propósito normal, asumiendo así la naturalidad de una democracia bien administrada, tanto en los planos políticos e institucionales como en los ámbitos socioeconómicos. Con esa actitud en marcha se hace posible reordenar las cosas en todos sus niveles.

El análisis retrospectivo muestra a las claras que gran parte de los errores que han tomado carta de ciudadanía en nuestro ambiente derivan de la persistente pretensión de hacerlo todo a la luz de las ocurrencias circunstanciales y de los impulsos emocionales. Esto lo vemos a diario hasta en el tratamiento de los asuntos más complejos y delicados. Craso error que habría que corregir de raíz, poniendo en acción las salvaguardas preventivas para impedir que se repita en forma mecánica como hasta el momento ha venido sucediendo.

El reciclaje positivo de las actitudes nacionales más que una tarea es ya una misión de alta significación histórica, porque estamos refiriéndonos al enfoque y al manejo del destino nacional en concreto.

En el país hay suficiente inteligencia, capacidad y valentía para emprender la ruta de las rectificaciones saneadoras y potenciadoras. Es cuestión de proponérselo en forma integrada y visionaria para que la maquinaria se active.

 

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