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Obedientes peligrosos (Segunda parte)

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Federico Hernández Aguilar - Escritor y columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Los experimentos del psicólogo Stanley Milgram pretendieron demostrar que la crueldad –incluso el ensañamiento y el sadismo– era algo que muchos seres humanos podían llegar a adquirir bajo ciertas circunstancias. Entre esos condicionantes, la existencia de una estructura jerárquica parecía haber actuado como un potente somnífero de conciencias en, por ejemplo, la Alemania nazi.

Gracias a Milgram, y a quienes desarrollaron otros análisis a partir de sus teorías, ahora sabemos que las personas adjudicamos a la autoridad –la que sea: política, legal, social– una jurisdicción moral que no siempre tiene en realidad, por lo que muchas veces consideramos que una acción legalmente permitida es moralmente correcta, cuando una cosa no implica por fuerza a la otra, o bien le conferimos al liderazgo político de turno un nivel de infalibilidad que simplemente no puede tener (y esto no solo porque los seres humanos seamos imperfectos, sino porque toda proyección idealista sobre un caudillo, quien quiera que sea, es en sí misma peligrosa).

En política, los ciudadanos deberíamos tener el sano escepticismo del financiero y asesor presidencial norteamericano Bernard M. Baruch, una de cuyas frases es axiomática en tiempos electorales: "Vota siempre por el candidato que prometa menos, porque será el que menos te decepcione". Pero no suele ser así. Los aportes de Milgram apuntan a que los ciudadanos, actuando en masa, confundimos poder con prestigio y dotamos al líder de un carisma que no posee.

La exuberancia faunística de las redes sociales dilata los efectos de la manipulación política a límites hace poco tiempo insospechados. Esa tendencia de muchos a dejarse llevar por el sectarismo, amparados en el anonimato digital, provoca además que las justificaciones para denigrar y calumniar estén siempre a mano. No me refiero, por supuesto, a las estructuras de troles montadas para desacreditar a los adversarios, porque ellas ejecutan un trabajo por el que se les paga –trabajo vergonzoso, claro, pero que no refleja a la sociedad en su conjunto. Hablo aquí de los fanáticos, los seguidores ciegos, los intolerantes. Estos simplemente creen en el demagogo del momento y le obedecen, reaccionando borreguilmente en una red social... Por ahora.

Y están también los "otros" peligrosos obedientes, esos que se diseminan en los diversos círculos de poder alrededor del jefe. Aunque de ellos ya he hablado, es necesario recordar que los más útiles a las tiranías se suelen encontrar en las fuerzas armadas, porque ninguna dictadura se consolida a punta de discursos y manipulación; llega el día en que la fuerza represiva es inevitable. Es entonces cuando la crueldad expuesta por las investigaciones de Milgram se confirma.

¿Qué hacer para no llegar a estos extremos? Uno de los mejores continuadores de los experimentos de Milgram ha sido el también psicólogo Philip Zimbardo, quien a través de sus propios estudios ha querido demostrar que las personas podemos ser capaces de heroicidad en la misma proporción en que lo somos de maldad. La diferencia estriba en tomar conciencia de nuestro potencial para el bien y reforzarlo a través de pequeños actos libres y cotidianos que fortalezcan ese compromiso. "Los héroes", dice Zimbardo, "son personas ordinarias cuya acción social es extraordinaria, que actúan cuando otros están pasivos, que abandonan el egocentrismo para pensar en los demás". Ojalá haya muchos de estos "héroes" en El Salvador.

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