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Obrar con amor

Todos somos peregrinos en esta tierra y eso nos invita a pensar que estamos de paso, muchas veces sin darnos cuenta de que cada día que pasa... no es un día más sino un día menos; no debemos ser errantes en este mundo sino tener claro hacia dónde vamos y que nos encaminamos hacia nuestra casa definitiva.

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Carla Lacayo

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Nos ha sido dado un tiempo y como nos recuerda san Agustín: “cada minuto es semilla de eternidad”.
Este tiempo de Adviento, de preparación para profundizar en el misterio del nacimiento de Cristo, donde Él se hace visible en cada niño que vemos, se nos revela en los pequeños de espíritu y los limpios de corazón y quiere darnos todas sus Gracias si solo se las pedimos; no dimensionar en este Gran Misterio sería ver la vida chata, pegada a la tierra, como decía Chesterton: “La mediocridad consiste en estar delante de la Grandeza y no darse cuenta”.

Recuerdo un verso que escuché en una meditación, del poeta mexicano Enrique González Martínez, que tiene mucho sentido cristiano: “Solo tres cosas tenía para su viaje el Romero, los ojos abiertos a la lejanía, el oído atento y el paso ligero”, este poema hace recordar que todos somos caminantes que vamos de un punto de partida a un punto de llegada y aunque el andar sea continuamente cambiante, cansado, lleno de retos, pruebas y dificultades, siempre mantener los ojos abiertos a la lejanía, como nos dice el poeta, la meta puesta en el cielo.

Hemos comprobado tantas veces que cuando este mundo acabe, no nos acompañarán al sepulcro ni las riquezas, ni los honores. Todos nuestros proyectos son pasajeros, caducos, todo pasa. El desprendimiento es la mayor virtud del caminante y avanzar sin importar qué dice la gente, solo importando qué dice Dios. Como decía san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, te examinarán en el amor”. Que nuestra misión y nuestros anhelos tengan siempre un sentido trascendente, unos ideales más elevados que nos lleven al gozo infinito.

Tenemos un corazón lleno de egoísmos y malas inclinaciones, si no lo arraigamos en el amor, comienza a centrarse en sí mismo. Todo lo que retengo para mí, queda y se pudre, lo que entrego es lo que se guarda para la vida eterna. La vanidad, la vanagloria, la ambición desmedida, la avaricia, la lujuria, la injusticia, la falta de caridad, etcétera, NO nos llevan al Bien y nos alejan del amor. Obedecer la voluntad Divina es siempre salir de nuestro egoísmo. Fuera triste que nuestros actos nos fueran alejando cada vez más de la meta final y acabáramos lejos de Dios sin haber atinado en el camino.

Se trata de aprovechar bien el tiempo, servir con alegría, que todo acto sea hecho con amor por sencillo que sea, que siempre lleve ese sentido de eternidad. Nos decía san Josemaría que “una persona vale lo que vale su corazón”, todo lo malo y lo bueno empieza en el corazón. En la vida corriente de cada día, aparentemente callada y sin brillo, es donde muchas almas encuentran su camino.

La verdadera conversión ocurre en el silencio, la historia se escribió en el silencio. Allí en nuestro interior hay fecundidad, siempre a la escucha de lo que Dios va poniendo en el corazón, con el oído atento y entonces, solo entonces puedo vivir para servir y para amar.

San Francisco de Sales decía: “Todo lo que hay en el mundo, No vale la Paz del corazón”. Vayamos ligeros de equipaje, para poder acelerar el paso, busquemos esa paz, ese amor, ese silencio sereno, que no está ligado a no hablar, ni a los acontecimientos externos, crear ese clima de escucha de Dios, ahondando más en ese mundo interior y así recorrer con alegría el camino para llegar a la meta. ¡FELIZ NAVIDAD!

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