Lo más visto

Más de Opinión

Obras de misericordia

Enlace copiado
Rutilio Silvestri / rsilvestrir@gmail.com  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Rutilio Silvestri / [email protected]  /  Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

Enlace copiado

Hace pocas semanas hemos revivido de nuevo la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, al vivir la Semana Santa. Hemos tenido la oportunidad de meditar en esta grandiosa obra de misericordia realizada por Nuestro Señor al padecer la Sagrada Pasión y morir por nosotros en la Cruz. Por eso, nosotros debemos imitar al Señor, dentro de nuestras propias limitaciones, practicando con los demás, las Obras de Misericordia.

“Que las obras de misericordia no sean dar limosna para tranquilizar la conciencia, sino la participación en el sufrimiento de los demás, incluso corriendo riesgos y dejándose incomodar”, dijo el papa Francisco en una de sus homilías.

En la Sagrada Escritura, en el Libro de Tobías se narra que los hebreos habían sido deportados a Asiria: un hombre justo, llamado Tobit, ayuda a sus compatriotas pobres –arriesgando su propia vida– a sepultar piadosamente, a escondidas, a los que eran asesinados impunemente. Tobit experimenta tristeza de frente al sufrimiento de los demás.

Se trata de sufrir con quien sufre. Una obra de misericordia no es hacer alguna cosa para tranquilizar la conciencia: “una obra de bien así estoy más tranquilo, me quito un peso de encima”... ¡No! También es compadecerse del dolor del otro. Compartir y compadecerse: van juntas.

Es misericordioso el que sabe compartir y también apiadarse de los problemas de las otras personas. Y aquí la pregunta: ¿Yo sé compartir? ¿Soy generoso? ¿Soy generosa? Pero también cuando veo a una persona que sufre, que tiene dificultades, ¿yo también sufro? ¿Sé ponerme en los zapatos de los demás? ¿En la situación de sufrimiento?

A los judíos deportados a Asiria se les había prohibido sepultar a sus propios compatriotas. Incluso podían ser asesinados por ello. De este modo Tobit se arriesgaba. Realizar obras de misericordia no solo significa compartir y compadecerse, sino también correr el riesgo: pero tantas veces, tantas personas se arriesgan. Pensemos en Roma, en plena Segunda Guerra Mundial: cuántas personas corrieron grandes riesgos, comenzando por el papa Pío XII, por esconder a los judíos, ¡para que no fueran asesinados, para que no fueran deportados! ¡Arriesgaban “el pellejo”! ¡Pero salvar la vida de aquella gente era una gran obra de misericordia! Correr ese riesgo.

Quien realiza obras de misericordia puede ser objeto de burla por parte de los demás –como le sucedió a Tobit– porque era considerada una persona que hacía cosas demenciales en lugar de estar tranquila, es uno que se deja incomodar, que no le importa el “qué dirán”.

Hacer obras de misericordia incomoda. Hacer obras de misericordia siempre es padecer incomodidades. Incomodan. El Señor ha padecido la incomodidad por nosotros: fue a la Cruz para darnos misericordia.

Quien es capaz de hacer una obra de misericordia es porque sabe que él ha sido sujeto de misericordia antes; que el Señor le ha dado la misericordia a él. El Señor nos ha perdonado: nos ha perdonado todo, cuando hemos acudido al Sacramento de la Confesión, bien preparados, con dolor de nuestros pecados y con firme propósito de enmienda. Ha tenido esta misericordia y nosotros debemos hacer lo mismo con nuestros hermanos.

Pidámosle a Nuestra Madre, la Virgen Santísima, que nos ayude a olvidarnos de nosotros y a darnos a los demás, ayudándoles en sus necesidades.

Lee también

Comentarios