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Ojalá que esta vez la ley de partidos políticos vaya en serio

Por las muestras que se dan, encasos como el del enfrentamiento actual entre órganos del Gobierno, es claro que a nuestros partidos les falta mucho para ser instituciones serias y confiables.
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<p>&nbsp;</p><p>De nuevo, las fuerzas políticas están abocadas, dentro de la comisión de reformas electorales de la Asamblea Legislativa, al análisis y al debate conducentes hacia la aprobación de una ley de partidos políticos. No es, desde luego, la primera vez que se aborda este tema, que viene rebotando de legislatura en legislatura, sin que nunca haya podido llegar al punto de las definiciones concretas. Hay suficientes indicios para concluir que, hasta la fecha, lo que se ha dado es una apariencia de discusión, con el fin de decir que hay tratamiento, pero cuidándose de que éste no vaya a convertirse en definición. Pasa lo mismo en muchas otras cuestiones decisivas.</p><p> Los políticos de la Asamblea manifiestan que hay buena disposición en dicho cuerpo para arribar a los acuerdos necesarios para que la tan postergada legislación que regiría la estructura y el funcionamiento de los partidos llegue a ser realidad. Esto, desde luego, se oye con frecuencia; pero lo que vale son los hechos concretos, y en la medida que tales hechos respondan a lo que verdaderamente se necesita para hacer avanzar la modernización del sistema político. Es claro que los partidos están cómodos como están, y que lo que empuja iniciativas como ésta es la dinámica misma del proceso, alimentada por los apremios del sentimiento ciudadano.</p><p> Lo que se espera, y que sería el producto responsable frente a una realidad que lo exige sin más demora, es que la anunciada y requerida legislación no vaya a tener los consabidos desagües que la vuelvan inoperante en las cuestiones esenciales. Es indispensable que al menos dos cosas queden debidamente reguladas y aseguradas en su cumplimiento: la democratización interna de los partidos y la transparencia inequívoca de sus financiamientos. Pues ahí están los vacíos más perniciosos del sistema actual de partidos, que son las principales fuentes de trastorno en el ejercicio de la función política, que sostiene todo el sistema.</p><p> Contar con un sistema de partidos políticos fuerte, estable y confiable resulta decisivo para la buena salud de la democracia en todas sus manifestaciones. No es necesario ir muy lejos en el entorno latinoamericano para constatar los gravísimos quebrantos que se derivan de la crisis o de la inoperancia del sistema de partidos. Cuando esto ocurre, el caudillismo, el autoritarismo y el populismo alzan cabeza, con las consecuencias dramáticas que están a la vista. Los casos de Venezuela, de Bolivia y de Ecuador, con sus respectivos matices, son enseñanzas más que elocuentes al respecto. Tenemos que hacer todo lo necesario para no llegar a eso. Desde luego, el sano funcionamiento del sistema partidario no sólo depende de que exista una ley, sobre todo porque en el ambiente vemos infinidad de leyes que tienen vigencia real a medias o que sencillamente no se cumplen, y, por otra parte, muchas leyes ya de entrada carecen intencionadamente de los mecanismos de efectividad necesarios para que cumplan su cometido. En este caso, al ser los mismos partidos, por medio de sus representantes legislativos, los que van a autorregularse, hay que estar muy atentos al producto que resulte. Por las muestras que se dan, en casos como el del enfrentamiento actual entre órganos del Gobierno, es claro que a nuestros partidos les falta mucho para ser instituciones serias y confiables. </p><p> Estaremos pendientes de lo que vaya dándose dentro de la Asamblea respecto de este tema, que no por tener bajo perfil entre las turbulencias más publicitadas, es menos importante. </p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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