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Ojalá que la doble campaña electoral en la que ya vamos entrando se plantee en definitiva como un ejercicio de propuestas acordes con la realidad del país

En el ejercicio democrático nunca se puede dar nada por seguro de antemano, porque los pulsos en el ánimo de la población siempre están expuestos a cambios ocasionales; y eso es aún más evidente cuando se da una situación de balance muy parejo como la que caracteriza a las posiciones de la derecha y de la izquierda en la percepción popular.
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La conflictividad constante sigue haciendo de las suyas en nuestro ambiente, y eso impide que el país pueda avanzar de manera progresiva hacia los niveles de desarrollo que son indispensables para que pueda haber confianza en un presente más estable y en un futuro más realizable. Y en tales circunstancias se presenta un nuevo desafío, que si bien es coyuntural tiene por su propia naturaleza implicaciones muy directas sobre lo que podría pasar en el país en el inmediato futuro y de ahí en adelante: las elecciones legislativas y municipales de 2018 y los comicios presidenciales de 2019. Dichas pruebas en las urnas vienen acompañadas de algunos elementos que pueden abrir perspectivas novedosas en el manejo de la realidad nacional.

Una de esas perspectivas es la que se refiere a la posible alternancia luego de dos Gobiernos de la izquierda. En el ejercicio democrático nunca se puede dar nada por seguro de antemano, porque los pulsos en el ánimo de la población siempre están expuestos a cambios ocasionales; y eso es aún más evidente cuando se da una situación de balance muy parejo como la que caracteriza a las posiciones de la derecha y de la izquierda en la percepción popular. Baste recordar, al respecto, que en las pasadas elecciones presidenciales la diferencia entre los dos partidos principales fue realmente mínima y estuvo rodeada de sospechas.

Hoy las condiciones apuntan a una disputa de seguro más cerrada a raíz de que la problemática nacional no resuelta tiene a la población en vilo y cada vez con menos paciencia ciudadana frente a lo que ocurre. Así las cosas, tanto la composición de la nueva legislatura que se decidirá en marzo del año que viene así como la definición de quién conducirá el proceso desde el Ejecutivo que se hará en marzo del año siguiente son decisivas no sólo para establecer cómo será el manejo de los asuntos públicos en lo inmediato sino también para definir el rumbo del país conforme a lo que las circunstancias demandan.

En tales condiciones es responsabilidad directa de las fuerzas políticas en competencia realizar selecciones de candidatos en las tres áreas del aparato público en las que se producirá elección que estén acordes con lo que se necesita en este preciso momento histórico del país y de su proceso; y en tal sentido es determinante que los respectivos liderazgos tomen en cuenta que por encima de sus propios intereses está el interés general tal como la ciudadanía lo concibe y lo visualiza. Uno de los puntos que habría que tomar en cuenta es lo que expresa el sentir ciudadano sobre el rumbo que lleva el país: en todas las consultas de opinión dicho sentir expresa que vamos por el rumbo incorrecto.

Una campaña como la que está en marcha debe ser un ejercicio de propuestas concretas sobre lo que cada quien se dispone a hacer para darles tratamiento y encontrarles soluciones a los variados problemas que encara el país. Quedarse en las expresiones superficiales de siempre sería darle más alas a la inconformidad ciudadana, acrecentando el riesgo de que la insatisfacción y la frustración conduzcan a decisiones aventuradas.

Como hemos señalado tantas veces, estamos en un momento crucial de nuestra dinámica evolutiva, en el que sólo hay dos opciones: entrar en fase de correcciones verdaderas o exponerse a profundizar la ineficiencia que hoy impera.
 

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