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Ojalá que los partidos políticos lleguen a aceptar que son vehículos del poder y no depositarios del mismo

En nuestro país, hasta el momento no se ha llegado a expresiones desesperadas como las que se están viendo en Nicaragua, pero hay que poner las barbas en remojo, porque si no se hacen las debidas y oportunas correcciones y reorientaciones cualquier cosa puede llegar a pasar.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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Las fechas políticas no descansan en el curso del tiempo. Y en esa sucesión interminable se acaban de llevar a cabo hace poco más de un mes unas elecciones legislativas y municipales que dejaron una serie de signos sobre lo que la ciudadanía está pensando en lo que corresponde al desempeño de los partidos políticos, de sus liderazgos y de las personas propuestas para recibir el endoso ciudadano en las urnas. El signo más relevante y publicitado fue el que correspondió al FMLN, que no sólo está hoy al frente del Ejecutivo sino que viene cargando muchos reclamos populares por la gestión que realiza, con sus más y sus menos, desde el 1 de junio de 2009. Pero en verdad el sentir popular expresó en las urnas señales de diversa índole para todas las fuerzas partidarias, tanto las de mayor poder representativo como las que complementan el esquema ya en el plano institucional.

Nuestro desenvolvimiento político ha sido tradicionalmente una cadena de distorsiones, de abusos y de vacíos que vienen dejando lastres y huellas de muy dificultosa superación, como puede ser constatado sin ninguna dificultad con sólo echar una mirada sobre lo que los salvadoreños hemos experimentado desde siempre. Pero la vida se mueve y los dinamismos evolutivos también están a la orden del día. A nosotros, los salvadoreños de esta época –hablo de lo que comenzó a vivirse allá en los años 60 del pasado siglo hasta nuestros días– nos ha tocado una experiencia nacional sin precedentes. Cruzamos la preguerra sin saber qué vendría, transitamos la guerra sin saber en qué concluiría, avanzamos en la posguerra con todas las expectativas en vilo... ¿Y hoy?

El hoy es siempre la interrogación suprema, y la política, desde luego, no escapa a esa ley del orden universal en todos los campos. Y específicamente en lo que al ejercicio político se refiere, hay por supuesto mucho por aprender a diario. En este día concreto, para el caso, que es el sábado 12 de mayo de 2018, tanto la ciudadanía como las fuerzas políticas tienen frente a sí un horizonte de expectativas y de desafíos. Hay que hacer que la nueva legislatura funcione, no como un artificioso campo de batalla sino como una cancha de juego limpio; y lograr que la campaña presidencial no sólo se desenvuelva en auténtica clave propositiva sino que desemboque en una decisión popular que sea correspondida por el que gane.

Decimos en el título de esta columna que es de esperar que los partidos políticos acepten por fin que son vehículos del poder y no depositarios del mismo; y esto porque una de las distorsiones más notorias que han venido haciendo disfuncional nuestro sistema de vida política es el manejo abusivo del poder por parte de aquellos que delegadamente lo ejercen. Ante tal situación, lo que se impone es redoblar el esfuerzo disuasivo y persuasivo que ha emprendido la ciudadanía con energía cada vez mayor. En nuestro país, hasta el momento no se ha llegado a expresiones desesperadas como las que se están viendo en Nicaragua, pero hay que poner las barbas en remojo, porque si no se hacen las debidas y oportunas correcciones y reorientaciones cualquier cosa puede llegar a pasar.

Por la misma fuerza de los hechos, ahora activada con proyección global, se le van abriendo espacios a una democratización que, aunque tenga características propias en cada zona del mundo, por las diferencias históricas y culturales que caracterizan a cada quien, parece ser uno de los dinamismos vitales de nuestro tiempo. Así se van desactivando a plena luz del día los autoritarismos y totalitarismos que antes tenían tanta capacidad de imponerse y de permanecer, y esta tendencia expansiva también abarca a los populismos dizque revolucionarios que en los decenios recientes han querido sentar cátedra y ejercer predominio en nuestra zona latinoamericana.

Los partidos políticos nacionales tienen que contribuir decididamente a la estabilidad del sistema, porque el quebranto de éste sería lo peor que podría pasarles a ellos y al régimen de vida democrática que se va construyendo en el ambiente. Esto implica responsabilidad en todos los sentidos, con el consiguiente acopio de insumos renovadores para asegurar que el país pueda desarrollarse de modo progresivo, real y suficiente. Se trata de asegurar que la evolución responda a sus propias exigencias, de modo que la prosperidad equitativa deje de ser demagogia y pase a ser compromiso.

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