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Olor a terruño

A estas alturas, y luego de haberlo expresado de todas las maneras que he tenido al alcance, ya no necesito reiterar que soy un salvadoreño desde la raíz más profunda, desde el tronco más sólido y desde los ramajes más vivos de mi ser.
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Cada amanecer, cuando me asomo a la ventana y observo la entusiasta vegetación circundante, todo me hace alzar los ojos hacia el cielo transparente o nublado pero con el mismo poder comunicativo de las realidades entrañables. En El Salvador hay muchos y muy complejos problemas en el día a día, pero también nos rodean múltiples experiencias humanas y naturales que invitan al regusto existencial. La sensación de estar aquí, con todo y todo, es una leve e inobjetable tarjeta de entrada hacia lo más hondo y florido de la propia conciencia. Estoy, ahora mismo, de pie frente al heliotropo, y su mensaje me embarga hasta la médula: los humanos también somos seres de pétalos y de aromas. ¿Y dónde encontrar aromas más amorosos y pétalos más aleteantes que los que nos regalan las estaciones del calendario nacional? Sé que muchos torcerán el gesto por lo que voy a decir, pero igualmente lo digo: “El Salvador es el mejor destino para sentirse hermanado con la luz, con el aire, con el agua y con la tierra”. No es casual que los heroicos emigrantes miren hacia el lugar de origen con un amor que crece con el tiempo. Nosotros, los que seguimos aquí, tenemos que corresponder viviendo cada minuto los dones y los desafíos con lo mejor de nosotros mismos. Nunca hay ventura fácil, y por eso hay tantas pruebas en la ruta. El heliotropo extiende entonces sus brazos aromáticos y todo mi entorno anímico se puebla de latidos fraternales.

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