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Orgullo, sos mi orgullo, viejo

José Adán Paz, el nombre no significa mucho en el colectivo nacional, pero allá, en tu San Alejo, en mi San Alejo, es sinónimo de respeto, admiración, agradecimiento y hasta cariño del bueno; también, ¿por qué no decirlo?
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José Adán Paz, el nombre no significa mucho en el colectivo nacional, pero allá, en tu San Alejo, en mi San Alejo, es sinónimo de respeto, admiración, agradecimiento y hasta cariño del bueno; también, ¿por qué no decirlo?, de disgusto y envidia, pero son más los que te aprecian; así lo siento y así lo veo en la calle cuando muchos de los que fueron tus alumnos te detienen, te bromean, te abrazan y te dan las gracias; te quieren, viejo.

Es un orgullo llevar tu apellido, pero en el pueblo, para mí y para mis hermanos, es también un peso sobre los hombros, porque es estar dentro del marco de tus principios y no soy ni la mitad de lo que vos has sido, es demasiado trabajo seguir tu estela, alcanzarte. Nunca nacen dos iguales, viejo, mucho menos seis. Y me precio de ser tu hijo y me llena de orgullo cuando personas como Mon –sabés a quién me refiero– me encuentran en el pueblo y me preguntan: “¿Y el ‘ordinario’ de tu papá?” Para los que no entienden la ironía esto podría ser grosero y ofensivo, pero sonrío y respondo: “En casa”, y entonces Mon no me deja terminar y se suelta: “Puta ese viejo nos educó a todos”. Es que una cosa es quien en el salón de clases repite día con día las lecciones de los libros y otra cosa es el que las explica, las discute, las debate y las transmite de manera interpretativa.

No educaste para el 10 de la clase, sino para el 10 en la vida. Recuerdo cada una de tus lecciones, cada uno de tus consejos; tu escuela de la vida era teórica y práctica. Una mañana en el cerro grande –cuando aparecieron las “geniales” ocurrencias de hacer milpa, como decía Jorge–, entre la fatiga y el sudor, te dije: “Ya no aguanto”, y solo respondiste: “Descansá un poco, si te vas vos, detrás se van los mozos”.

Bajo un árbol y en la sombra me preguntaba sobre las lecciones de todo aquello; hasta que llegaron los teóricos intelectuales de la U con los discursos de injusticia, igualdad, de oligarquía y proletariado y la contra-parte de los ministros y connotados economistas enfundados en sus trajes hablando de macro y microeconomía, de las bondades del mercado, de programas para los pobres; todo, todo aprendido en los libros. “Si tan solo una vez en la vida hubiesen empuñado un machete” –para trabajar claro–, me decía. La igualdad, viejo, la aprendí en el cerro, allí entendí que el patrón va junto al obrero, y también en el cerro me enseñaste que no se reparte, se comparte. ¿Recordás que mamá –Mercedes– mandaba todo el desayuno en diferentes depósitos y además un plato para cada uno, una taza y cubiertos? Toda esa incongruencia en el cerro, viejo. Claro, era el sentido protector de una madre, ella pensaba en sus hijos. Vos ibas más allá: “Dejen eso (platos y cubiertos)”, decías. Destapabas todos los depósitos, llamabas a los mozos y comíamos todos, con la mano. René ya no estaba y Ceci no podía ir, pero nunca voy a olvidar la mirada torva de Jorge o la simpleza de Sito y Johny –ellos son de plan y ladera. ¡Eso es igualdad!

Con vos aprendí a discutir de Reagan o Stalin, de Fidel o Pinochet, de Farabundo o Martínez, de Romero o Camilo, de buscar el punto de equilibrio. Con vos aprendí que no son los sistemas, sino los hombres los que corrompen. Si no, mirá ahora cómo nos tienen y eso que ya habíamos aguantado 20 años. He admirado a muchos hombres, viejo: a Marcelo, Ney, Martín, tío Paco, Velásquez, a Carmelo, a tío Meme, que se fue muy pronto... a muchos. Pero vos sos mi faro, mi lumbrera y estoy orgulloso de tus consejos, de la educación que me diste, de tus correctivos, pero sobre todo de ser tu hijo y de que seás mi padre. Te amo.

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