Oriente Medio, la guerra que viene

Con la agonía del Estado Islámico (EI) por las contundentes derrotas sufridas tanto en su filial siria por parte del presidente Bashar Al Assad, apoyado por Rusia, Irán y China (Alepo), como en Irak (Mosul), por parte del Ejército iraquí apoyado por los Estados Unidos (EUA) y Arabia Saudí, el tablero geopolítico regional, una vez definida cierta estabilidad en la situación de Siria, se plantea como la confrontación entre dos potencias regionales: Arabia Saudí e Irán.
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El enfrentamiento no solo es religioso, entre un Irán chiita y una Arabia Saudí sunita, las dos principales ramas religiosas del Islam; político, entre un Irán apoyado por Rusia y China y una Arabia Saudí apoyada por EUA y la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN); cultural, entre una Arabia Saudí donde aún rige la medieval ley islámica (Sharia), e Irán donde los ayatolás reformistas están modernizando el Estado; bélica, entre un Irán que se sospecha posee la bomba atómica y una Arabia Saudí que tiene la protección de las potencias atómicas de EUA e Inglaterra; sino también de geopolítica regional entre un Irán apoyado por Siria, Líbano, Catar, y con fuerte influencia en Irak y Yemen gracias a su población chiita, y una Arabia Saudí apoyada por los Estados del Golfo Pérsico, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Jordania y Egipto.

El teatro de guerra escogido es Yemen, azotado desde 2015 por una cruenta guerra civil que lleva ya más de 10,000 muertos, la mayoría civiles, y que enfrenta una coalición de países árabes encabezada por Arabia Saudí contra la rebelión de los hutíes locales (chiíes de la rama zaidí), que constituyen un 40 % de la población yemenita, y que son apoyados por Irán. Los hutíes tienen el control de facto del gobierno en su capital norteña, Sana, y tienen asediada la capital del Sur, Adén. A ello se suma el accionar independiente de grupos yihadistas suníes de Al Qaeda y el EI, que han fortificado sus posiciones en el sureste del país.

Este escenario tiene antecedentes históricos que se remontan a la caída del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial cuando Francia controló Siria, e Inglaterra Irak, y finalmente en 1932 cuando, promovida por Inglaterra, fue fundada Arabia Saudí.

Las fronteras de los países trazadas con reglas y compases en las mesas imperiales de Londres y París fueron de nuevo removidas luego de las guerras del golfo promovidas por EUA.

La intervención norteamericana convirtió a Afganistán e Irak en Estados fallidos donde los señores de la guerra controlaban territorios y donde la estabilidad política dejó de existir.

El sueño del Gran Oriente diseñado por los neo-conservadores de Bush Jr. se estrelló con la pesadilla de un Irak incendiado y dividido en tres franjas (sunitas, chiitas y kurdos).

La esperanza estadounidense de prender, a raíz de las primaveras árabes, una escalada insurreccional en Siria que derrumbara al régimen de Bashar Al Assad les enfrentó con China, Irán y Rusia, que proclamaron Siria como la última frontera del expansionismo estadounidense de la región.

Ahora la confrontación entre un Irán apoyado por China y Rusia y una Arabia Saudí, aliada incondicional de Trump y de la OTAN, parece más probable que nunca, una vez se quiten las máscaras en la guerra civil de Yemen.
 

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