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Óscar

Monseñor Romero es quintaesencia de las víctimas de la violencia en El Salvador. Fue ultimado porque su voz era un látigo en la cara del poder más criminal de nuestra historia: la dictadura militar.

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Aún hoy, algunas personas quieren matizar la posición del arzobispo y cuestionar por qué se sometió a la vorágine que concluyó con su muerte. En efecto, fue devorado por acontecimientos que comienzan con el asesinato del padre Rutilio Grande, Manuel Solórzano y Nelson Lemus en marzo de 1977. A estos exégetas de la tontería sólo cabe preguntarles ¿qué podía obrar en el corazón de aquel hombre sino indignación ante la instalación del horror como herramienta del Estado? 


Callar no era una opción. Antes suyo, San Salvador tuvo un arzobispo, Luis Chávez y González, que lidió con relativa fortuna con los sucesivos gobiernos castrenses entre 1944 y 1977. Pero las administraciones del coronel Arturo Molina y del general Carlos Romero dejaron herida de muerte la convivencia nacional, sin válvulas de escape para la oposición democrática. Ni una ni dos ni tres juntas revolucionarias de gobierno detuvieron el baño de sangre.  Y Romero no voltearía a ver hacia otro lado. 


Y así, entre el Romero hombre y este Romero hoy santificado hubo una guerra que, lejos de evitar en vida, se aceleró precisamente con su asesinato. Si la historia se lee sólo en clave del poder y de quien lo ostenta, fea costumbre de los cronistas de esta tierra, entonces el arzobispo fue profético y ganó en muchos sentidos. Eso lo distinguiría de miles de nuestros otras víctimas: vivió como un misionero entre sus hermanos y su muerte tuvo un significado que desde hoy ni siquiera sus asesinos, señalados por un dedo invisible e inmisericorde, pueden ignorar.  


Al fin hombre de fe, monseñor no podía sino condenar incansable el crimen que se cometía sistemáticamente contra su gente. En aquel El Salvador, el orden y el terror estaban tan cerca que no se distinguía a uno del otro.


Pero desde su púlpito, el religioso campeaba contra la injusticia social. Ese era el pecado de esta tierra que lo atormentaba. "Sin justicia no hay amor verdadero, sin justicia no hay la verdadera paz", decía.


La justicia de la que hablaba era esencialmente cristiana. "Compartan lo que son, compartan lo que tienen", aconsejaba, porque "no es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada".


Eso nos dice Romero hoy, aún sin éxito porque el despojo, el clasismo y la indiferencia ante las víctimas de esa injusticia son el corazón de nuestro modo de vida. ¿Alguno concibe un El Salvador en el que todos seamos iguales? ¿Uno de entre nosotros al menos? ¿En el que el más importante es quien sirve? ¿En el que ante los marginados lo urgente no sea el por qué sino el cómo? No; puede más nuestro apetito por la destrucción.


Siempre fue así. Y cuando en una tierra hay tanto oprobio, tanta desigualdad y tanto delito, o eres santo o eres pecador. 

El Vaticano dicta que ahora eres santo, Óscar. Pero el que se deja matar por amor a su pueblo no debe estar dibujado en un altar, sino vivo en nuestro pecho, repicando. Que por siempre nos duelas. Amén.

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