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Óscar Arnulfo Romero, Beato

Hace unos 15 años, cuando yo mismo me encontraba en un duro proceso de conversión, me hice el favor de estudiar la vida y la obra de Óscar Arnulfo Romero sin ceder a la hemiplejía ideológica que ha caracterizado a mi país desde que tengo memoria.
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Foto archivo/LPG.

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Óscar Arnulfo Romero, Beato

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 Puse delante de mí, para empezar, dos preguntas bastante concretas: “¿qué sé (o creo saber) de monseñor Romero?” y “¿cuáles han sido mis fuentes?” Nada más.

Hoy pienso que si muchos salvadoreños tratáramos de respondernos esas dos interrogantes, con absoluta honradez, nos sorprenderíamos del resultado al que podrían llevarnos. En mi caso no solo fueron útiles para ayudarme a entender a la Iglesia Católica –y al que este día, 23 de mayo, confirmaremos como el más ilustre de sus hijos en El Salvador–, sino para iniciar mi indagación aceptando que la imagen que yo tenía de monseñor Romero era una caricatura, no un retrato.

“¡Triste época la nuestra!”, se lamentaba Albert Einstein. “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Y así es. Enfrentarnos a nuestros propios recelos, abriéndonos a la posibilidad de que nos hayamos equivocado, incluso por largo tiempo, conlleva dolorosos ejercicios de autoexamen. El íntimo regocijo, sin embargo, al final de ese arduo camino, es incomparablemente reparador.

Por supuesto, como todos los que dejan huella de su paso por el mundo, Óscar Arnulfo Romero es un personaje complejo y multidimensional. Quienes se empeñan en someterlo a la estrechez de las doctrinas políticas, por mucho que se llamen a sí mismos “romeristas”, en la práctica le hacen un pésimo favor a su mensaje de conversión, caridad y exigencia social.

Monseñor Romero fue una voz que se alzó contra la injusticia y contra los que deseaban ser violentos en su reclamo por la justicia. No fue la suya una predicación ajustada a las ideas que convierten a Cristo en una bandera o un pretexto. Monseñor fue más grande y más coherente que eso. A contrapelo de una personalidad tímida y escrupulosa, le tocó ser pastor de una grey que avanzaba al abismo sin darse cuenta. Y lo que hizo fue advertirnos del peligro, zarandeando nuestras conciencias hasta que una bala le atravesó el corazón.

En un artículo que escribió para el periódico ABC, un año después del asesinato, el sacerdote español José Luis Martín Descalzo decía: “La santidad no es la ausencia de defectos, sino la presencia de un tremendo amor y de una total entrega a Dios y a sus hijos. ¿Y cómo no encontrar ambas cosas en monseñor Romero? ¿Cómo no reconocer su lucha por la paz, su combate contra la violencia que le condujo a la muerte?”

En efecto, lo que impulsó al hoy beato a hacer lo que hizo, a decir lo que dijo, a aceptar la muerte de la forma en que le llegó, fue su especialísima manera de personificar a Jesús en medio de nosotros. Quienes por comodidad discursiva o intelectual tienden a separar, como si de dos personas se tratara, al cristiano fiel y piadoso que fue monseñor Romero del defensor de los más humildes que también supo encarnar, constriñen gravemente su existencia y su mensaje.

Antes como ahora, los que necesitan excusas para seguir odiando al Arzobispo mártir encuentran excelentes aliados en aquellos que siguen manipulándole para convertirlo en arma arrojadiza. Unos y otros son cómplices y víctimas de la misma ceguera. Se quedan con los “trozos” del beato que más les gustan y se pierden el “festín” del hombre íntegro que la Iglesia hoy nos devuelve –a los salvadoreños y al mundo– hecho un ejemplo vivo de amor, profecía y entrega.

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