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Otro caudillo de papel

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Escritor y colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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Al señor Nayib Bukele parece incomodarle que se hable del carácter mesiánico de su carrera política. No entiendo la molestia. Es él mismo quien ha ofrecido razones de sobra para descubrir en su proyecto una apuesta personalísima, uninominal, “ombliguista”, marcada por la ausencia de ideas claras y un insostenible vacío programático. Si ya era difícil creer que el nuevo movimiento pudiera girar en torno a otra figura distinta de la que todos veíamos al centro, menos podemos dudar ahora del sello absolutamente caudillista de este fenómeno.

No olvidemos que uno de los elementos que caracterizan al caudillismo es su capacidad de adaptación a casi cualquier circunstancia, algo que se consigue con astucia y falta de escrúpulos. Carecer de un ideario identificable, por cierto, facilita mucho las cosas, pues la coherencia es atributo reservado únicamente a los políticos que conocen bien los principios que defienden. Los liderazgos sin sustancia se tornan autorreferenciales por lógica implosiva, en tanto deben llenar con juegos de artificio, con pirotecnia verbal y publicitaria, lo que no consiguen sostener a fuerza de convicciones reales.

El propio señor Bukele, cuando pugnaba por mostrarse alejado de la llamada política tradicional, afirmaba que los salvadoreños estábamos cansados de los partidos en general, motivo por el cual su movimiento no debía –cito textualmente– “hacer alianzas con ningún partido político existente”. Ni siquiera un año ha pasado desde que estas palabras fueron pronunciadas y, por supuesto, ya tenemos al señor Bukele buscando aliarse con uno de “los partidos políticos existentes”.

¿Por qué se cae tan pronto, y de manera tan flagrante, en estas burdas incongruencias? Porque un movimiento caudillista no responde sino a los caprichos del caudillo, que suele perder la paciencia ante los procesos institucionales democráticos. Veamos otro ejemplo.

Desde el pasado mes de abril estaba claro que “Nuevas Ideas” no iba a cumplir los plazos para llevar al señor Bukele como candidato presidencial en 2019. Aun así, el “gran líder” decidió someter a presión al TSE por todas las vías posibles, hasta recurriendo a amenazas. “Yo no voy a hacer ningún llamado a la violencia”, se atrevió a decirle en televisión a Moisés Urbina, “...pero yo no sé qué pasaría”. Es decir, el cumplimiento de las leyes electorales, en su caso particular, debía ser entendido por sus seguidores como un “bloqueo de los deseos naturales de la población de tener una expresión política” (sic). “Después de mí... el diluvio”, podría haber agregado.

El exalcalde capitalino, es bastante obvio, ha estado poniendo a prueba su capacidad de convocatoria para algo más que elevar pancartas y gritar consignas. Y así como lo hizo para tratar de acorralar a los magistrados del Tribunal o amedrentar al fiscal con un “tarimazo”, hoy lo está queriendo hacer colgándose de otros temas polémicos, incluyendo la “privatización del agua”. Los medios, para él, son lo de menos; es el fin lo único que importa, y el fin es que él –y nadie más que él– se convierta en candidato presidencial. Punto. Si los llamados a la indignación popular no funcionan, y si los marcos legales se convierten en obstáculos, la alternativa de aliarse a uno de los partidos previamente descartados deja de ser una incoherencia y pasa a convertirse en “Plan B”. ¡Qué conveniente!

La política es oficio serio y requiere de personas con ciertos grados de lucidez, temperancia y compromiso. La renovación verdadera en estas lides no se proclama, sino que se encarna. De nada sirve a los salvadoreños ver asomar liderazgos cuya novedad estriba en usar más tecnología para engañar que sus predecesores: lo nuevo sería, para empezar, que se abstuvieran de querer engañarnos.

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