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Otro juego

Nuestra democracia le debe mucho a la polarización. La tensión sin tregua entre ARENA y FMLN, inevitable en los inicios de los 90, fue su mejor aliada para dinamizar las votaciones en el último cuarto de siglo.

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Cristian Villalta / Gerente de El Gráfico

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Esa polarización fue el ingrediente estrella de los ejercicios electorales desde Chapultepec, merced a dos formidables abstracciones de consumo masivo: la primera, que el FMLN y los partidos de su ecosistema eran la suma de los ideales populares de justicia e igualdad; la segunda, que ARENA y sus satélites eran la última línea de defensa de la inversión privada, del consiguiente empleo y del modo salvadoreño de vida.

Dicho de otro modo, el FMLN era la promesa del cambio y ARENA, la promesa del orden. Y los salvadoreños asistíamos a votar por la ilusión de una cosa o de la otra.

Al ejercer el sufragio, la nación honraba otra ilusión igual de sublime: que el pueblo era el titular del poder y lo transmitía representativamente a unos pocos para que la sociedad progresara. Deficiencia de todas las democracias occidentales, en el caso nacional eso es ilusorio porque vivimos en un régimen que es democrático en los procedimientos pero aún no en su vocación.

En la práctica, después dos décadas de gobiernos areneros la sociedad de posguerra se descubrió a la vez excluyente y empobrecida, y la idea del cambio se instaló poderosamente. El FMLN gozó entonces de su mejor hora y no tuvo más remedio que ganar.

Pero nueve años después del triunfo de Mauricio Funes, tras dos gobiernos con sabor a naufragio, el partido ha perdido la franquicia de “el cambio”. Para mayor inri, las palabras de la discusión pública que antes eran de su competencia ahora son usadas en contra suya por sus enemigos.

El otrora opositor por excelencia es ahora un partido oficial, paria que en el epílogo de su desvergüenza se dispone a convertir algunos ministerios en premio de consuelo para sus candidatos derrotados. Esa reacción solo corona uno de sus errores estratégicos más abusivos: confundió partido con Gobierno.

La crónica del Frente se volvió, pues, trágica.

Esa tragedia es más amarga para el sistema de partidos que para el pensamiento de izquierda. Es que a diferencia de la derecha, cuyo núcleo está concentrado entre los que militan o apoyan a ARENA y quienes lo patrocinan, la izquierda democrática nunca estuvo atomizada en el FMLN.

La izquierda puede vivir sin FMLN y encontrar otros caminos. Pero el sistema de partidos difícilmente saldrá bien parado si la mitad de su espectro entra en una crisis de legitimidad. Y ahora mismo, el oficialismo parece apenas un club de amigos.

Si uno de los dos polos de la discusión política pierde su legitimidad, el juego puede cambiar de nombre, de reglas o verse obsoleto.

Esa es la inquietud que debe ocupar hoy a los salvadoreños. ¿Quién y qué ocupará el hueco que el FMLN deja en el imaginario colectivo y en el espectro electoral? ¿Será ocupado por otros que acepten el juego democrático y el sistema de partidos? ¿O no? Y si no se cree en el imperfecto juego de la democracia representativa, ¿en qué se cree?

Adonde la democracia se simplifica empieza el totalitarismo. Y ese no es un juego.

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