Padecemos violencia creciente y lo que se impone es tratar a fondo las causas reales de la misma

El Salvador está viviendo una realidad altamente crítica en lo que a violencia y a inseguridad se refiere. Aunque siempre ha habido expresiones violentas en el ambiente, de muy variada índole según el respectivo momento, nunca los salvadoreños habíamos estado expuestos a una situación tan descontrolada y peligrosa como la presente.
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Es como si una serie de virus acumulados en distintos rincones de nuestra sociedad hubieran emergido en forma explosiva, contaminando angustiosamente la atmósfera nacional hasta límites inimaginables. Y el fenómeno fue inesperado no porque brotara de la nada, sino porque al respecto funcionó una vez más una muy antigua tendencia nacional: desentenderse de las causas como si no fuera a haber consecuencias.

En el país se vivió la violencia política por largo tiempo; y esa violencia instaurada por el poder establecido, que imponía su voluntad y su interés a toda costa, hizo emerger la violencia insurgente, que también imponía su interés y su visión sin ningún escrúpulo. Hoy se está hablando de “memoria histórica”, referida en especial a los crímenes que en la época inmediatamente anterior a la guerra y en la guerra misma se dieron con tanta crueldad e impunidad. Pues bien, si se trata de justicia sin excepciones, esa “memoria histórica” debería abarcar todos los casos, cualquiera que hubiere sido su ubicación. Recordemos, con memoria justiciera, los salvajes asesinatos de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, de los padres jesuitas de la UCA y de sus colaboradoras así como el del Padre Rutilio Grande; y recordemos también los asesinatos salvajes de Roberto Poma, de Mauricio Borgonovo Pohl, del doctor Francisco José “el Chachi” Guerrero y del Padre Francisco Peccorini Letona, notable intelectual jesuita…

Hoy vivimos otro tipo de violencia, que nos tiene atrapados en un círculo de terror que hubiera parecido inverosímil en cualquier momento anterior. El crimen organizado hace de las suyas, como si no hubiera ninguna experiencia para lidiar con situaciones límites. Si hemos logrado trascender otros momentos en los que parecía que el país iba a hundirse en el pantano de la más absoluta impotencia, ¿por qué en estos momentos parece que nos hallamos atrapados en una inoperancia sin salidas? Pues todo indica que eso se da así porque no hemos sido capaces, como sociedad y como institucionalidad, de hacer las valoraciones oportunas para entrar en fase de comprensión efectiva de nuestras sucesivas realidades históricas.

La violencia que nos mantiene en postración creciente no se puede revertir si no nos decidimos a vernos tal como somos en cada uno de los espejos que nos facilita el proceso evolutivo. La situación actual es una suma de causas tanto nacionales como regionales e internacionales, en el centro de la cual está ese fenómeno que viene tomando fuerza creciente en todas partes: el crimen organizado. Inmediatamente después del fin de la guerra se empezaron a mostrar los primeros signos de la organización antisocial que derivaría en las pandillas. Y esto se enlazó con el narcotráfico, ya que estamos en la ruta de tránsito hacia el Norte. No se hizo nada al respecto, y hoy pagamos unas consecuencias cada día más costosas.

El crimen hace de las suyas como si estuviera en terreno propio. Tiene a la ciudadanía bajo presión constante, con instrumentos de poder que hasta el momento parecen incontrolables. La ciudadanía se pregunta a diario: ¿Hasta dónde va a llegar este insufrible estado de cosas? La institucionalidad y la sociedad tienen en sus manos la pregunta y se hallan cada vez más conminadas a hacer creíble la respuesta. Hay que revertir lo que ahora se vive haciendo uso, en primer término, del orden legal. Lo que ya no se puede es seguir en esta agónica inseguridad.

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