Paisaje humanizado

Bajo el conacaste añoso, cuyas ramas fornidas cargan un ramaje abrigador, se ha venido formando un enigmático promontorio de basuras y desechos. No hay viviendas en los alrededores, y de ahí surge el enigma de esa presencia desazonadora que crece con los días.
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<p>Siempre hay gente que realiza caminatas salutíferas por los entornos, porque el terreno es a la vez escabroso y apacible, con veredas empinadas y con vallecitos invitadores. Y este día uno de esos caminantes parece un recolector de imágenes, pues se detiene ante cada detalle del paisaje y se queda por un instante inmóvil, como si fuera una cámara viva. <br /><br />Lleva, desde luego, la cámara mecánica, pero esa sólo la esgrime frente a lo más sorprendente. Y en un cierto giro está ya a sólo unos cuantos pasos del conacaste emblemático. Se fija de inmediato en el promontorio de desechos y basuras, y la reacción es emocionada, casi extática. Camina alrededor, queriendo percibirlo todo. Luego se arrodilla justo a la par de aquel promontorio abigarrado que adquiere, de súbito, condición de altar. Se arrodilla y reza. ¡Es el homenaje al drama humano en medio de la pureza natural!</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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