Paisaje interior

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En estos tiempos de cuaresma se hace más propicio girar la mirada hacia las estancias del espíritu. Los apremios del diario vivir se apoderan cada vez más de nuestras vivencias personales, y entonces nos hemos ido volviendo autómatas dentro de nuestra propia identidad.

Por eso, en días como los de esta época del año, la invitación del calendario litúrgico se nos vuelve una especie de regalo inspirador. Volvamos la mirada, pues, hacia ese paisaje que está dentro de nosotros, y que es un álbum de sensaciones entrañables. ¡Hola, paisaje, permíteme convivir contigo en hermandad feliz!

No tengo que cerrar los ojos para sentir que voy transitando por aquellas calles y por aquellos senderos. Allá, al fondo, está La Garita, donde tomo la camioneta que va hacia el norte. En un par de segundos llego a la parada a un paso de la línea férrea, muy cerca de la cantina de don Bruno y doña Juana Andreatta.

El polvo de la carretera me hace sentir que todos los paisajes vividos tienen alma ascendente que sólo necesita un soplo de aire para volver a ser. Respiro, entonces, a profundidad, con el íntimo anhelo de que la cuaresma se me convierta en telescopio mágico. Ya no sé si estoy en Galilea o en Apopa.

¿Cuál es la diferencia si en definitiva todas las impresiones son fruto de la luz que nos habita desde siempre? Afuera, la estación pone luces sagradas por doquier; adentro, esa misma estación se desvive alentando sus imágenes. ¡Gracias, cuaresma, por tu regalo inmemorial!

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