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Palabras, palabras

Como dice González, el diálogo sirve si es para salir de la crisis y para la reconciliación de los venezolanos. Otra cosa es, si se invoca al diálogo para ganar tiempo, para incumplir compromisos, para violar la constitución y para mantener una situación que ya no admite ningún tipo de justificación.
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Diálogo es una de esas palabras que como que se han desfigurado, por no decir prostituido. Esto es: que las han prostituido. Le pasa como a República y Democracia. Recuérdese que todos los países satélites del bloque comunista comandado por la Unión Soviética eran “repúblicas democráticas”.

El diálogo está de moda y circula a gusto y gana y a uso y abuso del usuario. Y es difícil pararlo.

En política y en democracia, ¿quién se puede negar al diálogo? ¿Quién se atreve a rechazar el diálogo?

El “diálogo” embreta. Cómo explicar una negativa a conversar, a la posibilidad de exponer las ideas y soluciones propias y escuchar las de sus interlocutores en busca de un acuerdo, de una salida a los problemas.

Pero ¿se trata de eso? Por lo que hoy ocurre en Venezuela, por ejemplo, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Invocar al diálogo en Venezuela, más allá de las mejores intenciones, huele a lavarse las manos, a no meterse, a frivolidad en el mejor de los casos y, en el peor, a una maniobra para darle tiempo y para justificar la continuidad del actual régimen bolivariano.

Hoy, en Venezuela, habría que hablar de maniqueísmo; de un esquema en donde una de las partes es la portadora del bien y la luz y la otra del mal y las tinieblas.

Veamos si no cuál es el enfoque de una de esas partes, el gobierno, la que para empezar no admite a otros mediadores que no sean la Unasur o los tres expresidentes Rodríguez Zapatero, Lionel Fernández y Martín Torrijos. Nada de OEA o de más de 30 expresidentes que están dispuestos a ayudar.

Hace unas horas el presidente Nicolás Maduro, uno de los dialogantes, dijo que habría que expulsar a la mayoría opositora de la Asamblea Nacional a la que calificó de “vendepatrias”. Apuntaba a la otra parte de ese “diálogo” que propician los tres mediadores y la Unasur.

Por si hubiera dudas del tono y el ánimo dialoguista del chavismo, Diosdado Cabello, uno de los hombres fuertes de régimen, las disipó totalmente: “Este pueblo no quiere más traidores negociando con los partidos opositores”. “Con la derecha no hay consenso”.

Mientras tanto a la oposición se le reclama dialogar aceptando los presos políticos, impedida de apelar a los mecanismos que prevé la Constitución –la propia constitución chavista– y hostigada y privada de sus facultades y poderes legítimos.

¿Qué es lo que entienden por diálogo Rodríguez Zapatero, Torrijos y Fernández? Sin duda que tiene razón el dirigente opositor Henrique Capriles cuando desconfía de Rodríguez Zapatero, quien viaja en aviones de PEDEVESA.

Igual razón tiene monseñor Diego Padrón, presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, quien aseguró que “un gobierno incapaz de proveer alimentos y medicinas a sus ciudadanos no tiene moral para convocar un diálogo”.

Hace unos días Felipe González, también socialista y expresidente español, pero nada tiene que ver con su colega y correligionario mediador, advirtió que “nadie puede plantear un ‘diálogo’ para ganar un tiempo” y precisó certeramente que “el diálogo debe hacerse desde el respeto a la Constitución, a los derechos y obligaciones establecidos en ella” y que “eso no es objeto de canje y por eso no es negociable”.

Como dice González, el diálogo sirve si es para salir de la crisis y para la reconciliación de los venezolanos. Otra cosa es, si se invoca al diálogo para ganar tiempo, para incumplir compromisos, para violar la constitución y para mantener una situación que ya no admite ningún tipo de justificación.

No admite ni la frivolidad ni los esquives “políticamente correctos”. En este sentido debería tener cuidado la Comunidad Europea que el lunes pasado, respecto a la situación venezolana, resolvió apoyar la mediación de los tres expresidentes. Es verdad que la Comunidad anda a los tropezones, pero se esperaba algo más. También es cierto que tenía a consideración temas más agobiantes como el atentado terrorista de Niza o el golpe de Estado en Turquía, no obstante lo cual, esos mismos acontecimientos deberían haber constituido un toque de atención. Hace unos 15 años, Oriana Fallaci, la notable periodista italiana, se los anticipó *. Fallaci no andaba con medias tintas, los acusó de cobardes, hipócritas y de escudarse en lo políticamente correcto. Más allá de la virulencia de la periodista, más allá de su intransigencia, en estos días unos cuantos, recordando sus vaticinios y lo que les está ocurriendo, habrán llegado a la conclusión que por muy cómodo que sea la prudencia o el dar vuelta la cara, a la larga no paga.

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“La rabia y el orgullo” - O. Fallaci

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