Para aprovechar en serio las oportunidades de inserción internacional habría que recomponer muchas cosas en el país

El clima de negocios es fundamental para avanzar en serio, y mejorarlo de manera sostenida tiene como exigencia básica que el sector público y el sector privado trabajen en común, sin las reservas y los recelos que tanto han obstaculizado el avance.
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Venimos de un largo período de crisis económica que tuvo múltiples efectos globales, y aunque hay indicios ciertos de que el fenómeno en su fase crítica ha quedado atrás, muchas de sus repercusiones siguen haciéndose sentir; sin embargo, se están presentando señales de mejoría prometedora en economías de diversas zonas, lo cual abre oportunidades de expansión para un país como el nuestro, que viene experimentando un persistente estancamiento en las áreas de la productividad y de la competitividad, a lo largo de prácticamente todo el período de la posguerra. Ahora es el momento preciso para hacer evaluaciones responsables de lo que tenemos y de lo que podríamos tener, a fin de encaminarnos hacia una renovada dinámica de desarrollo, con todo lo que eso podría significar tanto en lo económico como en lo social.

Según las cifras oficiales, El Salvador experimentó durante el año que acaba de concluir una leve mejoría en su crecimiento económico, lo cual podría significar que estamos comenzando a movernos en sentido positivo; pero algunos análisis técnicos subrayan el hecho de que tal mejoría ha sido resultado de la recuperación internacional y no de replanteamientos internos, lo cual implica que habría que emprender cuanto antes las acciones necesarias para hacer que nuestro país entre de veras en la dinámica de los nuevos tiempos. Esto no va a conseguirse con simples declaraciones ni con la dispersa adopción de medidas de coyuntura, como ha venido ocurriendo hasta la fecha: es preciso activar los motores de la economía, según lo demandan las circunstancias del presente.

El clima de negocios es fundamental para avanzar en serio, y mejorarlo de manera sostenida tiene como exigencia básica que el sector público y el sector privado trabajen en común, sin las reservas y los recelos que tanto han obstaculizado el avance. También se requiere que se despeje la llamada tramitología para emprender y sostener iniciativas empresariales, pues los enredos y las dilaciones que impone la anticuada burocracia son desestímulos constantes para hacer crecer y para formalizar la actividad económica. Y, desde luego, habría que decidirse de una vez por todas a estructurar e impulsar un esquema de incentivos productivos que deje atrás los viejos prejuicios ideológicos y las resistencias de los intereses establecidos.

El Estado tiene que poner el bien común sobre todo lo demás. La política pública, y por supuesto los comportamientos institucionales de toda índole, deben regirse por ese principio básico de la democracia en acción. Se viene mejorando en dicho campo, aunque aún hay muchísimo trabajo por hacer al respecto. En puntos críticos como la transparencia y la probidad se están moviendo las cosas hacia el establecimiento de controles más eficientes, pero también aquí la tarea se halla todavía en pañales. Todo eso incide de manera directa en las posibilidades de estructurar un escenario en el que se atraiga inversión externa suficiente y se desaten iniciativas nacionales de manera consistente.

La dinámica global es cambiante y se diversifica en forma continua, lo cual genera oportunidades acompañadas de desafíos. Aprovechar selectivamente las oportunidades implica responder eficazmente a los desafíos. Todo esto hay que manejarlo con inteligencia abierta, tanto en lo técnico como en lo político. Ahí está la clave del éxito.

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