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Para bien del país, no hay que dejar que la política se imponga sobre todo lo demás

Es preciso que todos tengamos claro, comenzando desde luego por las organizaciones políticas y por sus liderazgos, que la política nunca puede estar por encima del orden establecido ni mucho menos por encima del bien común.
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Hace ya casi cuarenta años que los salvadoreños emprendimos nuestra activación democrática, por primera vez desde que nacimos a la vida independiente allá en la primera mitad del siglo XIX. El no haber tenido experiencia democratizadora por tanto tiempo definió de manera muy inestable nuestro ejercicio histórico sucesivo y determinó las fases de nuestro desarrollo como nación. Políticamente hablando, el caudillismo y el autoritarismo hicieron de las suyas a lo largo de aquel dilatado proceso, y hubo que llegar al extremo de una guerra fratricida para que se fueran abriendo las posibilidades de instalar un régimen de vida que pudiera darle al país la funcionalidad institucional que es indispensable para asegurar el progreso.

Desde aquel momento, el despegue hacia la normalidad básica del sistema de vida en ningún momento se ha detenido, y esto tiene que ser reconocido y valorado en la magnitud y en la significación que representa. Sin embargo, tal reconocimiento y valoración tendrían que ir acompañados por una cotidiana toma de conciencia de las responsabilidades que los salvadoreños de esta época tenemos frente a los retos de una modernización en marcha que no ha podido desprenderse de las ataduras que provienen de los vicios y de los defectos tradicionales.

En el centro de todo este juego de circunstancias se halla el rol y el desempeño de la política, que antes fue un despliegue de abusos hegemónicos y que después ha venido siendo una cadena de aprendizajes que en todo momento son complicados y que con frecuencia se vuelven traumáticos. Pero al estar inmersos en el ejercicio democratizador, la relación de la sociedad con la política va adquiriendo connotaciones que significan al mismo tiempo beneficios y riesgos.

Los ciudadanos estamos aprendiendo a manejar el rol que la democracia nos tiene designado, y eso implica encarar las responsabilidades políticas con buen juicio y sana determinación. Es preciso que todos tengamos claro, comenzando desde luego por las organizaciones políticas y por sus liderazgos, que la política nunca puede estar por encima del orden establecido ni mucho menos por encima del bien común: su función es de servicio y no de aprovechamiento del servicio, como desafortunadamente se sigue viendo a diario, con todos los efectos nefastos que van quedando en evidencia.

El Salvador, después de todas las contingencias que ha tenido que sobrellevar tanto en la preguerra como en la guerra y en la posguerra, reúne todos los requisitos para encarar sus desafíos actuales no sólo con capacidad de manejo sino sobre todo con habilidad de perspectiva. Todo es cuestión de que los ciudadanos sigamos insistiendo en ello, las fuerzas políticas y sus liderazgos lo entiendan y se lo propongan y todas las estructuras sociales acompañen decididamente.

Los reiterados testimonios de la realidad muestran, a todas luces, que el fenómeno nacional es mucho más que una dinámica política. Ésta ha querido acaparar todos los roles, y las distorsiones son patentes. Hay que recuperar la esencia del pluralismo, potenciando así las sanas diversidades y posibilitando que se logren acomodos de eficaz entendimiento.

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