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Para caminar de veras hacia adelante hay que orientar la visión teniendo en cuenta todos los componentes de ese horizonte que se quiere alcanzar

Cuando uno quiere emprender una travesía, de la naturaleza que esta sea, debe en primer lugar saber dónde se va y de inmediato trazarse las líneas del recorrido.
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Para caminar de veras hacia adelante hay que orientar la visión teniendo en cuenta todos los componentes de ese horizonte que se quiere alcanzar

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 Esto es de lógica elemental y vale tanto para los individuos como para las colectividades en su variada gama de expresiones. En realidad, todo lo que pasa en la vida tiene que contar con un esquema de planificación, aun las acciones más sencillas y cotidianas. Y al así, no es nada difícil concluir que toda sociedad, independientemente de su magnitud y de su experiencia acumulada, tiene que regirse por un orden evolutivo para poder llegar a alguna parte con satisfacción para sí misma y para sus variados integrantes. Planificar, pues, responde a la naturaleza del quehacer humano, y así hay que verlo, por encima de las distorsiones ideológicas que dicho término sufrió en épocas recientes.

Según el Diccionario de la Lengua, planificar es “hacer plan o proyecto de una acción”, y en esa descripción sencilla está la clave del buen desempeño. Si no se planifica no se sabe cómo puede ser el avance, ni es factible anticipar las dificultades y los obstáculos que pueden ir surgiendo en el camino, como tampoco son identificables de antemano las ventajas que puede haber en visualizar un objetivo o en tomar una ruta. Los salvadoreños, por perversión largamente aprendida y sedimentada, nos hemos convertido en expertos en no saber hacia dónde vamos, y en consecuencia se nos ha desarrollado otra experticia nefasta: transitar a la buena de Dios, sin ni siquiera pedirle a Dios consejos oportunos.

Los salvadoreños tenemos un escenario nacional con características muy propias, y es evidente que necesitamos inevitablemente hacer apuestas muy precisas e inteligentes, en las que se conjuguen nuestras limitaciones naturales y nuestras ventajas comparativas, que desde luego también las tenemos. Esto implica apostarle a metas muy concretas y bien seleccionadas, para cuya consecución hay que orientar todas nuestras energías y todas nuestras habilidades en la dirección precisa. Lo primero por supuesto es integrar voluntades nacionales de todo tipo en función del objetivo común, pues si no es así nunca se logrará superar la dispersión ni conjurar la improvisación, que son nuestros padecimientos procedimentales más recurrentes.

Para el caso, si nos preguntáramos en este instante cuál es nuestra apuesta productiva nacional lo que surgiría es un montón de posibilidades en desorden, lo cual viene a ser el escenario menos propicio para desplegar plataformas de auténtico desarrollo. Y es que un país que busca dirigirse de veras hacia su autorrealización en clave de progreso eficaz y generalizado necesita proyecto en forma, que sea apoyado y sostenido por todos. Se ha hablado muchas veces de construir un Plan de Nación en el país, pero nunca se ha pasado consistentemente de las palabras a los hechos, y por eso estamos como estamos. ¿Hasta cuándo se mantendrá esta inercia que no lleva a ninguna parte y que cada vez se vuelve más desgastadora en detrimento de los reales intereses de la sociedad y de todos sus integrantes?

Esa es la pregunta que los salvadoreños tendríamos que hacernos cada vez que sale el Sol, porque se trata del cuestionamiento básico sobre la forma en que estamos viéndonos como entidad nacional que reclama y merece mucho más que lo que ha tenido hasta la fecha. Lo primero, pues, sería tomar la debida conciencia de esa entidad que somos, de la cual se desprenden todos los vínculos de pertenencia que nos dan identidad. El no hacerlo nos mantiene a la deriva, como aprendices de náufragos, que es la peor condición en la que se puede estar.

Se habla constantemente de que se requiere crecer de manera suficiente y sostenida para que el país sea viable de veras. Pues bien, para ello es imprescindible que todas las cartas del juego productivo y competitivo estén sobre la mesa. El estar sacándose cartas de la manga es mantenerse a merced de lo imprevisible. Cancelemos esa práctica nefasta de una vez por todas. Planifiquemos la vida para que la vida no nos siga atropellando.

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