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Para emprender la ruta cierta del progreso nacional los salvadoreños tenemos que recuperar la autoestima

En esa línea, tenemos que vernos sinceramente como lo que somos y queremos ser: un conglomerado con características muy propias y con aspiraciones identificables a fondo.

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David Escobar Galindo

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Nuestro proceso histórico es un mosaico en el que conviven las incongruencias, las proyecciones, los aciertos, los desatinos, las veleidades y los heroísmos. Y esa mezcla, casi siempre imprevisible y aleatoria, es producto directo de la falta de una dirección que ordene y ejecute el avance de nuestra realidad en el tiempo. Desde el inicio de la vida republicana, que dentro de muy poco cumplirá dos siglos de trayecto, los salvadoreños hemos ido a salto de mata, como si fuéramos alérgicos a las brújulas conductoras y desdeñadores obsesivos de los mapas de dirección. Pero a pesar de todo ello, nuestra esencia de comunidad nacional se ha mantenido vigente; y hoy, en esta nueva realidad de características globales insospechadas hasta hace muy poco, tenemos a nuestro alcance una cantidad de oportunidades de reanimación y de reactivación que son una fuente de riquezas humanas y creativas francamente magníficas.

Como hemos venido repitiendo con insistencia, porque sólo así las ideas y las palabras se hacen sentir, El Salvador, nuestra Patria siempre viva, ha sobrenadado todas las adversidades, aun las más turbulentas y eso nos habilita como sujetos operativos hacia el interior de nosotros mismos y hacia todas las latitudes circundantes; y hoy, dentro de la nueva geografía global, El Salvador está por primera vez visible en el mapamundi sin fronteras. Esto no sólo es una ganancia inédita de proyecciones incalculables, sino una invitación cotidiana –mañana, tarde y noche– a hacernos sentir que compartimos un destino común.

Puestos en estas perspectivas, los salvadoreños de esta hora nos encontramos ante una conjunción de caminos que se abren ante nuestros ojos y nuestras mentes, y lo primero que eso nos demanda es un cuidado muy especial de cada una de nuestras reacciones y decisiones, para poder ponernos en verdadera consonancia con las señales y las exigencias de los tiempos, que presentan novedades que día a día se reciclan y se multiplican.

En la base de todo lo anterior se halla el imperativo de darle nueva vigencia a la autoestima nacional, que es el reconstituyente más eficaz que puede haber para reponer las condiciones de una auténtica experiencia de vida. En esa línea, tenemos que vernos sinceramente como lo que somos y queremos ser: un conglomerado con características muy propias y con aspiraciones identificables a fondo. Ser salvadoreño no es un simple dato de procedencia, sino algo mucho más integrador: la pertenencia a una comunidad de destino, en la que las naturales diferencias, y aun las contradicciones estructurales que se van acumulando en el tiempo, no deben originar rupturas sistemáticas, sino, por el contrario, enriquecer la diversidad reveladora de lo humano más sensible.

Subrayamos el término "diversidad" porque en él se concentra lo más espontáneo de la naturaleza humana en movimiento interactivo. Los individuos personalizados somos en sí una diversidad unitaria. No en balde la sabiduría popular reconoce que "cada cabeza es un mundo"; y como hemos afirmado antes, si cada cabeza es un mundo, cada comunidad de seres humanos es un universo. Al ser así, lo que se impone como necesidad de supervivencia integral y funcional es posesionarnos positivamente de nuestra natural condición, reconociendo creativamente nuestras características identificadoras y enlazándonos emocionalmente con dichas características.

El mandato inspirador por excelencia debe ser desarrollar a profundidad y en todos los sentidos el amor por lo propio, asumiendo el ser que nos identifica con todas sus raíces y todas sus ramificaciones. Dicho amor debe brotar desde el fondo de la conciencia, que es donde se albergan los genes de la identidad. El haber dejado de lado esta tarea vivificante por tanto tiempo nos tiene en esta especie de limbo existencial que tantos desajustes acarrea.

Animémonos, pues, responsablemente, a reactivar la autoestima personal y colectiva, como ruta de acceso a las grandes oportunidades que el mundo presente nos pone al alcance. Esa es la tarea básica de nuestros días.

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