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Para entender la política migratoria de Trump

La política migratoria del presidente Trump tiene dos elementos fundamentales: la construcción de El Muro que signifique seguridad para los norteamericanos y la demonización de todo inmigrante que no tenga sus papeles en regla y a cancelar los que por años han podido lograr un estatus legal que les permitía vivir con seguridad en su sociedad, excluyendo a los blancos de Noruega.
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Rubén I. Zamora, Exembajador en Estados Unidos y ONU

Rubén I. Zamora, Exembajador en Estados Unidos y ONU

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La migración ha sido uno de los pilares fundamentales para el crecimiento de la sociedad norteamericana; hasta un poco después de la Segunda Guerra Mundial su sociedad se consideraba orgullosamente ser producto de la migración, el famoso “melting pot”, y “el sueño americano” era un extendido producto de exportación; por supuesto, los aborígenes y los afroamericanos no se incluían, pues la gama del color racial aceptable tenía sus límites.

Las cosas empezaron a cambiar en los últimos cincuenta años; por una parte, la migración, que hasta entonces había sido predominantemente de origen europeo, empezó a ser sustituida por inmigrantes de Latinoamérica, Asia y África; esto obedecía, por un lado a la recuperación económica de Europa y la guerra fría, que redujeron drásticamente la inmigración desde el Viejo Continente y por el otro, al crecimiento económico de la sociedad norteamericana en la posguerra que si bien continuó requiriendo inmigrantes con un mayor nivel de conocimientos y en menor número, pero, por otra parte, el aumento salarial a su clase obrera hizo inviable emplearlos en áreas de la agricultura y los servicios que ya no eran atractivos para los trabajadores locales, pero sí para los de países subdesarrollados.

A lo anterior se unió un problema sin precedente en la historia demográfica de EUA y cuyas repercusiones sociales y políticas aún no han sido plenamente exploradas: la población blanca se está envejeciendo y saliendo del mercado laboral y las nuevas generaciones no desean procrear muchos hijos, a tal punto que las proyecciones de tasa de natalidad apuntan que en algún momento dentro de 20 0 25 años los blancos serán minoría.

Lo anterior ha ido generando, especialmente en una buena parte de los blancos, actitudes xenófobas; para muchos blancos y especialmente los ardientes pro-raza-blanca perder la mayoría demográfica es un ominoso futuro, inaceptable y no ven otra salida que impedir el crecimiento de los no-blancos, sean estos asiáticos, africanos o latinoamericanos, y ellos han encontrado en el Sr. Trump una voz y forman un importante componente de su base electoral. Así como en siglos pasados, los Indios era calificados de salvajes, hoy, los inmigrantes son calificados como indeseables, delincuentes, vividores, asesinos y últimamente, animales, el recurso a vilificar al inmigrante y a su país de origen sirve de justificación para aplicarles la “mano dura” de la deportación.

Es pues, claro que la política migratoria del presidente de Estados Unidos tiene un sustento en la realidad socioeconómica y psicológica de la sociedad de ese país, no responde simplemente a una actitud personal; para él, organizar su discurso y sus acciones en este tema responde por un lado a la coherencia de su discurso de “Primero América”, es decir rescatar lo que para muchos norteamericanos fue un pasado glorioso y que hoy se ve amenazado no solo por la globalización económica, sino ahora en su matriz racial y segundo, teniendo en cuenta que el Partido Republicano no comulga con muchos de sus planteamientos y en el que hay un importante sector que lo adversa, el xenobismo que practica le permite asegurar una base electoral que de otra manera no lograría; Trump no controla el partido que lo eligió (ni el partido lo controla a él), al contrario, el partido o calla o sectores del mismo públicamente vocean el rechazo a lo que está haciendo.

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