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Para evitar el eterno estira y encoge financiero es indispensable asumir con seriedad el manejo de las finanzas públicas

Se trata, entonces, mucho más que de la aprobación circunstancial de créditos para tapar hoyos sin corregir las irregularidades del terreno. El reto está en traspasar inteligentemente la coyuntura en función de que la estructura se normalice para que la realidad nacional sea sostenible, en el momento y más allá.
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La situación financiera del Estado se halla en permanente inestabilidad, y eso tiene varias causas que desde luego serían evitables si se enfrentara la tarea con la seriedad y la responsabilidad pertinentes. Hay dos factores que desajustan y desquician de manera constante dicho manejo: la ligereza en el tratamiento tanto del ingreso como del gasto y la búsqueda de salidas artificiosas que esquiven la necesidad de ponerse de acuerdo para el endeudamiento. Lo que tenemos como resultado de todas esas prácticas indebidas es una inseguridad cada vez mayor, que incide de forma muy erosiva en el ejercicio de la función pública, como estamos constatándolo a diario.

Por costumbre viciosa, los Presupuestos Generales del Estado vienen siendo calculadamente distorsionados con la perspectiva de ingresos inflados y con el ocultamiento de gastos para simular equilibrios presupuestarios inexistentes. Después, en el curso de la gestión anual, van apareciendo las peticiones de financiamiento, con toda la problemática política que eso acarrea. Y lo más serio es que tales distorsiones acumuladas se vuelven cada año menos manejables, haciendo que la inviabilidad fiscal asome a cada paso como una amenaza real contra la normalidad del sistema. De ahí resulta que nuestro país esté hundiéndose en la desconfianza, tanto interna como internacional, con todos los efectos adversos previsibles.

Hay opiniones encontradas sobre las verdaderas disponibilidades financieras actuales del Gobierno, lo cual complica más las cosas porque trastorna de entrada los posibles esfuerzos para encaminarse hacia la credibilidad y la estabilidad. Habría que entrar de inmediato al respecto en una dinámica de sinceración, por encima de los intereses parciales que están en juego. Esto implica decidirse a pasar a un régimen de disciplina fiscal que no sólo ponga todas las cosas en claro sino que habilite para entrar en una fase de confianza sobre cómo se asumen las disponibilidades y cómo se enfrentan las obligaciones.

Primero habría que limpiar la mesa revuelta en la que nos encontramos. El Gobierno debe reconocer que no puede seguir reclamando salvavidas sin garantía para continuar en las mismas con propósitos ideológicos y de imagen, y la oposición tiene que estar abierta a buscar soluciones que garanticen de veras que se va a pasar razonablemente a un escenario de disciplina y de austeridad que funcione de aquí en adelante, sean quienes fueren los que estén al frente de la gestión gubernamental. Se trata, entonces, mucho más que de la aprobación circunstancial de créditos para tapar hoyos sin corregir las irregularidades del terreno. El reto está en traspasar inteligentemente la coyuntura en función de que la estructura se normalice para que la realidad nacional sea sostenible, en el momento y más allá.

Están abiertos algunos espacios para impulsar entendimientos al más alto nivel gubernamental y político con el propósito de hallarle salidas al atascamiento actual en el ámbito de las finanzas públicas y de las responsabilidades en juego; pero hay que señalar que es hora de encarar de lleno y a cabalidad la tarea restaurativa de la confianza y preventiva de cualquier desajuste futuro. Lo que de entrada hay que poner sobre la mesa de los entendimientos básicos en clave de bien común y de eficiencia administrativa es la austeridad bien entendida, la disciplina adecuadamente aplicada y la visión de país como brújula de todos.

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  • crisis fiscal
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