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Para hacer posible una convivencia verdaderamente pacífica es indispensable fortalecer la seguridad y multiplicar las oportunidades

Cuando se busca la opinión de la gente, por cualquier vía que se haga la indagación, siempre surgen como las demandas más urgentes la seguridad en el vivir cotidiano y el acceso a oportunidades que les permitan a las personas, a sus grupos familiares y a sus comunidades ir mejorando de veras las respectivas condiciones de vida.
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Aunque el quehacer político, y muy en especial las conflictividades que se hacen sentir constantemente dentro del mismo, acaparan como es natural la mayor atención noticiosa en el ambiente, lo que en realidad afecta las condiciones del diario vivir de la gente y tiene en persistente jaque al buen desempeño de las actividades nacionales tanto públicas como privadas es la falta de tratamientos adecuados a los problemas más profundos y serios que nos aquejan. Dicha problemática no se puede enfrentar con frases de ocasión ni con declaraciones parcializadas, vengan de donde vinieren: hay que encarar los problemas como lo que son y aplicarles correcciones pertinentes, ajustes ordenadores y estímulos renovadores que vayan en consonancia con una visión certera de las cosas, de sus causas y de sus consecuencias. Es decir, en todos los órdenes y sentidos estamos necesitando buen gobierno.

Cuando se busca la opinión de la gente, por cualquier vía que se haga la indagación, siempre surgen como las demandas más urgentes la seguridad en el vivir cotidiano y el acceso a oportunidades que les permitan a las personas, a sus grupos familiares y a sus comunidades ir mejorando de veras las respectivas condiciones de vida. No hay pues por dónde extraviarse en cuanto a lo que tienen que ser las prioridades del compromiso institucional y del ejercicio social, porque no hay que perder de vista en ningún momento que no se trata sólo de que las instituciones asuman en serio su rol, lo cual desde luego es determinante, sino de que es preciso contar con el acompañamiento social para asegurarle al esfuerzo la efectividad debida.

La inseguridad ha llegado a límites verdaderamente intolerables, hasta el punto que hoy el país tiene una doble distribución territorial: por una parte la que establece el régimen legal y por otra la que imponen las pandillas en el terreno. Y mientras situaciones como esa no se corrijan de raíz será imposible generar condiciones normales en la cotidianidad ciudadana. Pero el tema de la seguridad como derecho natural en cualquier ambiente organizado abarca muchos otros aspectos insoslayables, que van desde la libertad de desplazamiento hasta el goce pleno de la tranquilidad por todas partes, comenzando por los hogares, las escuelas y los lugares de trabajo.

El punto de las oportunidades es clave no sólo para desplegar mecanismos de prevención de la delincuencia, especialmente entre los jóvenes, sino en función de generar dinámicas de autorrealización personal, de estabilización social y de habilitación de futuro. Cuando hay oportunidades accesibles y permanentes se desmotiva la emigración y también se desestimula el ingreso a las huestes del crimen.

No es posible garantizar la convivencia pacífica si no hay seguridad básica y oportunidades suficientes y convincentes. En otras palabras, para darle consistencia a la paz deseada es preciso crear condiciones adecuadas en el ambiente. Y si por algo esa paz nos ha sido tan evasiva a lo largo de la posguerra es porque se ha dejado de lado el imperativo de sustentarla en los elementos que le son indispensables e insustituibles.

Se declaran muchas cosas al respecto, pero es muy poco lo que puede percibirse como dinamismo que tenga posibilidades de arraigar en los hechos. A esto último hay que apostarle sin reservas si es que se quiere poner a El Salvador en condiciones de superar sus traumas y escapar de sus ahogos.

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