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Para más empleo y mejores finanzas, hay que invertir en la infancia

Una de las aspiraciones de todo ser humano es sentirse realizado, tener la oportunidad de progresar. Para la mayoría de la población adulta, el progreso es posible si se cuenta con un trabajo decente: un trabajo con remuneración justa, protección social, posibilidad de desarrollo personal y reconocimiento social.
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En El Salvador, aproximadamente, solo una de cada cinco personas en el mercado laboral cuenta con un trabajo por el cual recibe una remuneración por encima del salario mínimo y a la vez cotiza para su pensión o, al menos, tiene un contrato de trabajo. La mitad de nuestra fuerza laboral está subempleada o desempleada. Quienes tienen un trabajo decente cuentan, en promedio, con 12 años de estudios aprobados. En cambio, las personas en precariedad laboral cuentan con un logro educativo similar al promedio nacional. La escolaridad promedio del país es de 6.8 años de estudios aprobados (séptimo grado, aproximadamente).

Las repercusiones de esta realidad son sentidas de forma individual como de país. Diferentes sondeos de opinión señalan que la falta de oportunidades de trabajo es sistemáticamente una de las principales preocupaciones de la población adulta.

A nivel de país, se trata de oportunidades perdidas. Si la potenciación de las capacidades en la infancia hubiese sido la principal meta de desarrollo, los efectos habrían trascendido de lo social a lo económico y lo fiscal. Según datos del BID, por cada año de aumento de la escolaridad promedio, la tasa de crecimiento anual incrementaría en 1.55 % del PIB. Asimismo, una fuerza laboral más formada habría impactado las tasas de trabajo decente. Según datos del PNUD, la universalización del trabajo decente habría conducido a un aumento de la recaudación tributaria en alrededor de 10 % del PIB.

De ahí que se pueda decir que los magros resultados fiscales, económicos y sociales de hoy, comenzaron con el descuido de la niñez y adolescencia. De hecho, como señalan Barnett y Gorey, la compleción del bachillerato está asociada al cuido, estimulación y potenciación en los primeros seis años de vida. También, como ha demostrado el premio Nobel de Economía James Heckman, por cada dólar que se invierte en la infancia temprana se tienen retornos de 4 a 9 dólares en la etapa adulta.

En la actualidad, sin embargo, solo el 1.5 % de la población de 0 a 3 años asiste a una guardería o centro de educación inicial, y 66 % en edades de 4 a 6 años asiste a educación parvularia, de acuerdo con datos de DIGESTYC. En otras palabras, estamos haciendo más de lo mismo: desaprovechando el potencial de nuestros más pequeños ciudadanos de hoy y mañana.

Como nos recuerda Anthony Lake, director ejecutivo de UNICEF, “el único camino para que las naciones alcancen sus metas de desarrollo, prosperidad y paz es poniendo a la niñez al centro del desarrollo humano, siendo nuestra más alta prioridad”. Somos una nación joven con aproximadamente 2.4 millones de niños, niñas y adolescentes y 300 bebés naciendo cada día. La decisión de un mejor país está en nuestras manos.

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  • trabajo
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