Para mover la economía hacia los niveles de crecimiento necesarios hay que activar voluntades y definir estrategias

En vez de estar rascando fondos de donde se pueda, lo que hay que hacer desde las instancias gubernamentales es estimular en serio y con audacia responsable los motores de la economía real.
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La economía nacional está estancada desde hace mucho en unos niveles de crecimiento ínfimos, con el fantasma de la recesión haciéndose sentir a cada paso. Este es un hecho que está a la vista y que se impone por su propia cuenta. Puntos claves como la productividad y la competitividad se ven directamente afectados por el estado de cosas imperante, y ya se ha llegado al punto en que no podrían bastar las medidas de estímulo normal: hay que tratar la realidad económica como un enfermo necesitado de cuidados especiales, que requiere tratamientos de urgencia en muchas de sus dolencias persistentes.

Todos los diagnósticos confiables sobre la realidad económica del país hacen ver que la problemática en este campo se mantiene en estado crítico, aunque por momentos haya algunos signos de mejoría en áreas específicas. Por ejemplo, en lo referente a la producción industrial se ven repuntes esperanzadores, que habría que potenciar para que el impulso se sistematice. En turismo también se observan movimientos ascendentes que merecen apoyo generalizado. Pero la falla de fondo en lo referente al quehacer económico en general se mantiene lamentablemente vigente: no existe una visión integral, que aglutine los esfuerzos públicos y las energías privadas. Y eso deriva, en muy buena parte, del hecho de que las desconfianzas sectoriales e ideológicas mutuas no se han desactivado como se requiere, y a la primera de cambio las descalificaciones y los recelos brotan a la luz.

La economía es un acontecer íntimamente vinculado con todos los otros componentes activos de la realidad nacional. En verdad, todos y cada uno de los ciudadanos somos agentes económicos, de cualquier forma que esto se manifieste. Y en consecuencia la salud o la enfermedad de la economía del país está ligada a lo que cada quien aporte o deje de aportar, en los respectivos niveles y con las correspondientes magnitudes de influencia. Desde los que operan el comercio menudo hasta los que representan el empresariado de más alto nivel, todos debemos estar comprometidos en la jugada del desarrollo; y eso requiere, desde luego, una dirección orientadora y una planificación desprejuiciada, que no pretenda controles desde arriba sino que contribuya eficazmente a darle aliento y estímulos a la libertad económica, que es esencial para asegurar la salud del sistema y la suficiente y equitativa generación de progreso.

Si la economía no crece en las proporciones que la evolución democrática requiere, los desbalances que ello genera afectan en todos los órdenes del quehacer nacional. Y uno de los efectos más sensibles es el que se da en las finanzas públicas, que están crónicamente desfinanciadas porque no hay los adecuados flujos de ingresos que sólo se aseguran con el crecimiento económico. En vez de estar rascando fondos de donde se pueda, lo que hay que hacer desde las instancias gubernamentales es estimular en serio y con audacia responsable los motores de la economía real. Esto es básico para superar las peligrosas angustias de la escasez, que son siempre tan proclives a inducir decisiones equivocadas.

Veámonos en el ejemplo de otros países del entorno inmediato y de algunas sociedades del horizonte global para actuar por nuestra cuenta de manera inteligente y creativa en lo tocante a productividad y a competitividad. Sólo en clave comparativa es posible reconocer lecciones replicables.

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  • economia
  • finanzas
  • empleo
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