Para poder darle seguridad y estabilidad a nuestro sistema de vida es clave superar todos los radicalismos y apostarle sin reservas a la democratización

Es muy grave que en los más altos niveles del liderazgo mundial estén reviviendo las tendencias proteccionistas, que son autodefensivas por naturaleza, y que van directamente en contra de las expansiones aperturistas que si bien traen consigo grandes desafíos competitivos acarrean también oportunidades de gran potencialidad.
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Lo que en la actualidad se está viendo en prácticamente todas las esferas del mundo globalizado es la desintegración de los esquemas establecidos, como si las aperturas y las transversalidades sin precedentes que promueve la globalización estuvieran provocando una especie de erupción de choques eléctricos que tienden a desquiciarlo todo. Esta es hoy una realidad que no fue prevista en ninguno de los momentos anteriores, y lo que está sucediendo al respecto reafirma la percepción de que la historia es fundamentalmente imprevisible, aunque nunca se pierda la tentación de estar haciendo vaticinios sobre el futuro.

El fenómeno del presente despliega una serie de situaciones que pueden pasar fácilmente de peligrosas a catastróficas, si no se activan a tiempo los mecanismos de corrección y de ordenamiento que se hacen necesarios. Para el caso, las diversas expresiones neorradicales merecen bastante más atención que la que se les dedica, y por el momento todo se está dejando al buen tino que pueda desplegarse desde los ámbitos ciudadanos, donde afortunadamente hay buenas reservas de sensatez, según resulta constatable en casos como el de las elecciones presidenciales francesas de días recientes, donde se impuso en las urnas la línea de la moderación frente al embate del radicalismo divisionista.

Es muy grave que en los más altos niveles del liderazgo mundial estén reviviendo las tendencias proteccionistas, que son autodefensivas por naturaleza, y que van directamente en contra de las expansiones aperturistas que si bien traen consigo grandes desafíos competitivos acarrean también oportunidades de gran potencialidad. Y es sumamente peligroso satanizar el libre juego de las fuerzas económicas, que siempre se liga a la satanización del libre juego de las ideas; y así lo que en definitiva se socava es el régimen de libertades, que es vital para la convivencia pacífica y productiva en cualquier lugar del mundo de que se trate.

En un país como El Salvador, que sigue estando en fase elemental del aprendizaje democrático, el acecho de los radicalismos nunca ha dejado de estar presente, y muchas de las esquematizaciones ideologizadas que tanto han tratado de imponerse en el curso del tiempo, y que tuvieron su momento estelar en el conflicto bélico entre dos concepciones extremas, siguen vivas aunque ahora quieran asumir vestiduras más presentables. Y por ello se impone una vigilancia de alta intensidad, que por dicha se está viendo crecer desde los planos donde se manifiestan el pensar y el sentir ciudadanos. Esto alienta a confiar en que ningún extremismo logrará imponerse sobre el interés general, siempre que en ningún momento se baje la guardia.

Los liderazgos políticos tienen en todas estas dinámicas una responsabilidad de primer orden; y paralelamente también la tienen los liderazgos intelectuales, que en buena medida están instalados en los conocidos como “tanques de pensamiento”. Y eso es así porque tratar adecuadamente la realidad requiere contar con diagnósticos y planteamientos precisos y suficientes sobre la misma. Lograr esta integración de compromisos y de visiones es lo que más se está necesitando en la coyuntura actual.

La democracia es la única vía segura hacia adelante, y darle todas las garantías para que se desenvuelva saludablemente constituye una misión incuestionable.
 

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