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Para poder entender lo que pasa en el presente hay que analizar a fondo lo que ha venido pasando (1)

En nuestro decurso histórico, como en todos los fenómenos semejantes en cualquier época o latitud, nada se da sin consecuencias, sea por acción o por omisión. En lo que a El Salvador corresponde, las acciones erróneas y las omisiones culpables han estado a la orden del día, y eso es lo que habría que corregir en forma inequívoca y sistemática.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La sociedad salvadoreña, en sus distintos ámbitos y niveles, ha venido sufriendo a lo largo del tiempo múltiples resistencias al fenómeno evolutivo, que es connatural a la dinámica histórica. Aunque a veces lo parezca, el inmovilismo no es compatible con la naturaleza humana, y, por consiguiente, querer cerrarle los accesos a la evolución se convierte siempre en una trampa de consecuencias nefastas. En nuestro país hemos padecido este mal de manera persistente, y los ejemplos que se tienen a la mano son elocuentes por sí mismos. Acudamos a uno de esos ejemplos, reciente y dramático por cierto, para mostrar evidencia que no tiene vuelta de hoja. Es el ejemplo de la guerra interna.

¿Por qué tuvimos una guerra como la que llegó a desatarse en nuestro país, cuando parecía que nunca iba a ocurrir algo semejante entre nosotros? Yo recuerdo que por aquellos años cuando alguien insinuaba que se podía desatar un conflicto armado en el terreno los argumentos negadores de tal posibilidad no se hacían esperar. Decían, por ejemplo, que en un país de territorio tan reducido eso sería imposible; hablaban de que las fuerzas militares tenían control absoluto en el ambiente; hacían referencia a la imposibilidad de que cualquier tipo de expresión armada clandestina pudiera sostenerse en plan de lucha; y así por el estilo. Entonces, ¿qué pasó? Se preparó la guerra, se desató la guerra, se instaló la guerra, ninguno pudo imponerse militarmente, llegó la solución que nadie esperaba... Aquí hay una especie de enigma histórico, descifrable desde luego, siempre que se apliquen los mecanismos de análisis que se animen a ir hacia las causas sucesivas.

En primer lugar, ¿por qué se fue preparando la guerra? Porque los salvadoreños, por acción o por omisión, fuimos poniendo los elementos necesarios para que eso se diera. La inmovilidad de las estructuras nacionales y el atrincheramiento del poder estaban en primera línea. ¿Por qué se desató la guerra? Porque los preparativos de la misma habían culminado y tanto las fuerzas internas como los respectivos apoyos internacionales estaban a punto. ¿Por qué se instaló la guerra? Porque las condiciones nacionales así lo permitían. ¿Por qué ninguno de los dos pudo imponerse militarmente? Porque a pesar de las respectivas capacidades y de los acompañamientos internacionales de primer nivel, el pueblo salvadoreño no se inclinó suficientemente a favor de nadie. ¿Por qué pudo llegar la solución que nadie esperaba? Porque las condiciones nacionales e internacionales ya no daban otra opción.

Todo esto es un catálogo de lecciones que hasta hoy no ha merecido la debida atención y mucho menos el desmenuzamiento cognoscitivo que venía al caso para configurar la etapa siguiente, que es en la que aún estamos, y que presenta problemas de desenvolvimiento que derivan de no procesar en lo debido las enseñanzas acumuladas.

En nuestro decurso histórico, como en todos los fenómenos semejantes en cualquier época o latitud, nada se da sin consecuencias, sea por acción o por omisión. En lo que a El Salvador corresponde, las acciones erróneas y las omisiones culpables han estado a la orden del día, y eso es lo que habría que corregir en forma inequívoca y sistemática. Hacerlo demanda conciencia, voluntad y disciplina, tres componentes que aún muestran déficits de alto poder limitante.

Si no se enfoca y procesa la experiencia vivida, el resultado es seguir reproduciendo lo que ya mostró sus fallas, sus vacíos y sus inconsistencias, y a la vez desaprovechar las oportunidades que se abren cuando la práctica está regida por el proceder inteligente y responsable. En resumen, es condenarse voluntariamente a la ineptitud y al desaliento con todas sus derivaciones destructivas.

Tenemos, pues, muchísima tarea pendiente en lo que toca al autorreconocimiento y a la valoración de las condiciones que determinan el quehacer nacional en sus diversas expresiones, y en tanto más la dejemos estar sin aplicarle los tratamientos pertinentes mayor será la carga histórica que habrá que llevar a cuestas. Todo depende, en verdad, de que los distintos actores que se mueven dentro de la realidad que nos toca vivir asuman el rol que les está destinado y que lo cumplan a cabalidad sin más tardanza.

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